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lunes, 4 de enero de 2016

Los Campitos

Por Norberto Oscar Dall’Occhio

En la década  de 1940 y  comienzos  de la de 1950  era muy común que los chicos jugaran a  la pelota en los baldíos del pueblo. A  esos  lugares se los llamaba “campitos”. Hoy  esa  costumbre se perdió, pues tanto General Belgrano como Juventud Unida brindan  la posibilidad de  que los pibes  y los  adolescentes  utilicen sus cómodas instalaciones deportivas para jugar al fútbol.

Los baldíos eran canchas improvisadas, donde los propios  pibes determinaban un perímetro imaginario. Los arcos  eran dos  montoncitos de ropa o dos ladrillos o algunas  piedras,   que reemplazaban los palos. Previamente tenía que haber un acuerdo sobre el  largo de  los arcos.  Pero a  veces sucedía que en  un descuido durante el desarrollo del partido algún  “avivado” achicaba o agrandaba el arco  según su conveniencia. Y ahí se armaba la discusión y  comenzaban los  insultos.

En el momento previo a la iniciación del partido había una ceremonia   muy importante. Era necesario formar dos equipos. Dos pibes  similares  en  su capacidad de juego se ponían frente a frente a unos cinco metros de distancia. Cada uno a su turno adelantaba un pie. Al final perdía al  que le sobraba  el pie. Acto seguido  el ganador tenía la opción de elegir primero a un compañero de equipo. Por supuesto que  elegía  al mejor del grupo. Su rival elegía otro pibe  considerado “bueno”. Seguía la elección por descarte y los considerados “pataduras” quedaban para el final, como de “relleno”. Era una forma  bastante ecuánime de armar un partido con fuerzas parejas. Según las circunstancias,  si en un momento del encuentro un equipo se distanciaba demasiado en goles convertidos se compensaba la desigualdad de fuerzas con el trueque  de un  buen jugador de un bando por otro jugador de menor nivel  del equipo rival. Es decir los pibes tenían  bien claro el sentido lúdico del juego.

Era una diversión entretenida  donde cada uno quería demostrar sus habilidades personales. Ganarle a un equipo débil era considerado  un triunfo sin gloria. Por eso buscaban formar equipos parejos. Jugaban con zapatos, zapatillas o alpargatas. Los botines para  chicos  prácticamente no existían. Salvo alguna rara excepción, ninguno  poseía  la casaca que usan los clubes de primera división. Si recién habían salido del colegio, se sacaban el guardapolvo blanco, lo doblaban  y lo dejaban al lado de uno de los   arcos,  junto con la cartera de útiles escolares. Para custodiar el arco siempre mandaban a algún pibe con poca capacidad de juego. Cuando alguien llegaba tarde y pedía ingresar,  si  lo aceptaba el grupo  se incorporaba al juego.

Estos “picados” de potrero se jugaban sin  establecer tiempo por reloj. Sólo la oscuridad de la noche o la lluvia   los hacía prescindir del juego.  Se iba a cinco goles o más. Pero en pleno  partido  generalmente surgía un inconveniente. En algún momento aparecía la madre de algunos de los pibes para decirle a viva voz al nene que estaba preparada la leche. Como a veces esa mujer era la madre del “dueño de la pelota”, el partido se  suspendía  de inmediato. 

Hoy la pregunta  lógica sería,  pero ¿cómo  no había otra pelota?  La respuesta es que no.  En   esos tiempos  las pelotas de goma o de cuero  no estaban al alcance de todos los padres. Por ese motivo  el dueño de la pelota se convertía en un personaje especial, aunque fuera un “patadura”.  Los chicos solían jugar en la calle o en la vereda  con una pelota de trapo que las madres le preparaban  rellenando medias de mujer. En los campitos se jugaba con una pelota que picara en el piso. Tenía más sabor a fútbol porque  había que dominar el balón en el aire, ya sea con los pies, el pecho o la cabeza. 


Un baldío  muy utilizado estaba ubicado en  General López y  General Roca, donde  aún hoy se mantiene en pie una vieja palmera. Lo llamaban el “Campito del Bajo”. Por su amplitud, otro baldío  concurrido por chicos y adolescentes estaba  entre las calles General Roca, Santa Fe, Italia y Brasil. Era una manzana completa, donde años más tarde se instaló la fábrica de leche en polvo. Las vías del ferrocarril no existían, pues  se construyeron recién en la década de 1950.

En José Ingenieros al 1400  había un terreno desocupado, cercano del  lugar donde actualmente se encuentra instalado el tanque de agua potable. Allí  también  los chicos armaban su picado.

En Santa Fe  al 1400  había un amplio  descampado (hoy Parque Tirelli), muy propicio para practicar  fútbol. Los pibes para jugar  achicaban el perímetro,  pero los adolescentes y mayores lo ampliaban  como si fuera una cancha  normal. Habían colocado improvisados  arcos de madera, aunque  eran  bastante precarios. Ese  baldío  dejó  de utilizarse en 1950, cuando el Ferrocarril  y la Comuna dispusieron forestar el lugar con plantaciones de eucaliptus.

En la década de 1930,  en la esquina de José Ingenieros  y Mitre, en la misma manzana  donde está el edificio de la Comuna,  había un baldío  en el cual  los pibes jugaban sus picados.

En las escuelas primarias estaba prohibido  jugar al fútbol.  Sin embargo  los varones no podían impedir su impulso  futbolero  y en algún descuido de la celadora   improvisaban un mini  picadito con una pequeña pelota y algunas veces hasta con una naranja.  Pero  solía suceder  que en  forma inesperada  aparecía la maestra  y  les  incautaba la pelota además  de  la consiguiente reprimenda.

En la década de 1940 aparecieron en el pueblo  las canchas de Baby Fútbol. Para los pibes fue toda una novedad, ya que les permitía jugar en una cancha marcada, con arcos de madera(a veces  con red), con pelota de cuero y con vestimenta  similar a la que usaban  sus ídolos, los  jugadores mayores que integraban  los clubes de primera división. 


General Belgrano instaló su cancha de Baby  Fútbol,  que tenía luz artificial,  en el predio ubicado en General López  esquina  25 de Mayo  y Juventud Unida en las instalaciones contiguas a la Sociedad Italiana.  En esos lugares se organizaban importantes partidos  y torneos  diurnos y nocturnos con la intervención de equipos de la zona. Los cotejos contaban con la concurrencia de mucho público, que en algunas circunstancias,  por la atracción que ejercían, colmaban totalmente la capacidad  de  esos  mini estadios deportivos.

A  partir de 1949  se iniciaron en el país  la disputa de los Torneos Infantiles  “Evita”, promovidos por la Fundación “Eva Perón”. A partir de 1950 la Comuna local  todos los años formaba un equipo de pibes que representaba al pueblo. Los jóvenes  enfrentaban a equipos similares de la región.

Esta es una breve historia de los baldíos y los campitos del pueblo. Esos  potreros  fueron excelentes “semilleros”  y dieron lugar a la formación de destacados futbolistas  que posteriormente  se desempeñaron en equipos locales y algunos de ellos triunfaron en la región integrando elencos de clubes de primer nivel.    

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viernes, 3 de enero de 2014

La vieja cancha Azulgrana.

Publicado en "www.red-belgrano.com.ar" - 12/12/13

Por Norberto Dall'Occhio
   

  Muchos hinchas de General Belgrano recuerdan con cariño y con cierta nostalgia la vieja  cancha  que el Club tenía “detrás de la vía”, como suele decirse, aquella que tantos simpatizantes tienen en sus memorias.

  Desde  su fundación  en 1916  y  hasta  1926, General  Belgrano practicaba fútbol pero no tenía cancha propia  y lo hacía  en terrenos prestados.  En 1927  adquirió una manzana ubicada entre las calles Sarmiento, Misiones, San Martín y Chaco, donde se instaló el campo de juego, hasta que se compró, en la década de 1960, los terrenos donde actualmente están las  nuevas instalaciones y por entonces el club resolvió fraccionar y vender el terreno de la antigua cancha para recaudar fondos destinados a la nueva inversión. Muchos socios adquirieron buena parte de esos  lotes, que más adelante pasaron a manos de la Comuna a fin de que en ese sitio se construyera el barrio de viviendas FONAVI.

  Pasado un tiempo, en una de las esquinas, se construyeron los vestuarios, la boletería y otras dependencias que servían como vivienda a los cuidadores de la cancha. Entre los cuales se recuerdan, “La Macha” Ferreyra y el “Negro” Paulini, dos destacados jugadores  azulgranas.

  Los  belgranistas  guardan muy  gratos recuerdos de ese viejo estadio, que fue escenario de importantes acontecimientos deportivos. En las décadas de los 40, 50 y 60, cada 9 de julio, el Club organizaba un atractivo torneo relámpago, de dos días de duración en el cual participaban ocho equipos de la zona y donde se ponían en disputa hermosos  trofeos y medallas.

  Continuando con los partidos que se disputaban en la antigua cancha, se destacaban por la gran rivalidad, los clásicos con  Juventud Unida, como así también los duros enfrentamientos con  Sportsman de Villa Cañás. Principalmente esos encuentros generaban una gran expectativa en la gente del pueblo y de la zona, provocando una enorme concurrencia de público al espectáculo, que colmaban la capacidad del estadio.

  Cambiando el rumbo y yendo a las características del terreno, se puede contar que dentro de él había que ubicar el campo de juego, los vestuarios, el  alambre, o tejido olímpico, y el público. Por las dimensiones que tenía el lote, el diseño del perímetro de la cancha se hizo sobre la base de las  medidas mínimas establecidas en los reglamentos que rigen el fútbol, era denominada una “cancha chica”, como se dice en el lenguaje futbolero. Pero no solo lo era  para los jugadores, sino también para  el público. Los espectadores, por el poco espacio disponible, estaban  muy cerca de la línea de cal, a solo unos dos metros. La proximidad de la gente, sumado al calor de la lucha deportiva, a veces levantaba la temperatura del ambiente y creaban un clima muy tenso en el estadio. Durante el desarrollo del juego, los futbolistas tenían ciertos inconvenientes para ejecutar los tiros de esquina, ya que les resultaba difícil darle precisión a la pelota por el poco lugar para tomar distancia y lanzar el centro. Por su parte, los espacios destinados a los hinchas eran muy estrechos, especialmente en los sectores donde estaban los arcos.

  Hasta principios de 1.940 el campo de juego estuvo rodeado tan solo por un hilo de alambre liso, sostenido por postes, a fin de fijarle un límite a la concurrencia y evitar que se metieran dentro de la cancha. Existen muchos recuerdos de aquella época sobre triunfos épicos, días de gloria, peleas, corridas y transgresiones. En ciertas oportunidades, cuando se convertía un gol importante, algunos hinchas eufóricos y descontrolados, pasaban el hilo de alambre, evadían el control policial y salían corriendo para abrazar al autor del tanto. Otro descontrol aparecía cuando se iba a patear un penal, simpatizantes que estaban cercanos al arco, sobrepasaban primero el alambrado, la raya de cal y se metían imprudentemente dentro de la cancha invadiendo el área grande para ver de cerca el disparo desde los doce pasos. ¡Para qué hablar de lo que ocurría si el arquero atajaba el penal y daba rebote! Una confusión total, entrevero  de jugadores, mezclados con el público, gritos, una pelota en juego y un árbitro desorientado. Un tiempo después, para una mejor protección y para mantener el orden, se colocó como divisorio un grueso tejido olímpico en reemplazo de ese franqueable hilo de alambre. Continuando con la descripción del estadio, se puede decir que tenía cierta protección de los vientos, puesto que los cuatro costados que daban a la calles estaban cubiertos, además de los tejidos, por un espeso cerco de ligustros de hojas anchas y de gran altura, que impedían la visual desde las veredas. En algunos sectores destinados al público, el espacio resultaba tan reducido que cuando se desplazaban, debían hacerlo en “fila india”.

  El  problema mayor estaba detrás de los arcos, porque lo que cumplía la función de red permanente, era un grueso tejido de alambre en reemplazo de la tradicional de piolines. Por la escasez de espacio en el campo de juego, los caños que sostenían el arco y la mencionada red, invadían un metro el sector del público, por ese motivo, detrás de cada arco se producía un gran congestionamiento de gente que se desplazaba de un lugar a otro.

  Para evitar cualquier provocación al arquero, siempre al costado del arco y dentro de la cancha, pero detrás de la raya, se colocaba un agente de policía para  mantener el orden y proteger al portero. Debido a las particulares características del estadio y su entorno durante  algunos partidos trascendentes, el espectáculo que se apreciaba en el campo de juego era muy particular, se jugaba dentro de un ambiente con ánimos bastantes caldeados, los jugadores tenían frecuentes roces y discusiones con sus rivales, sumados a las airadas protestas al árbitro y los gritos del público.

  Lo descripto era el encuadre y la atmósfera especial que se vivía generalmente en esa vieja cancha, cuando General Belgrano jugaba en su condición de local, allí el equipo azulgrana se agrandaba y se hacía fuerte, era un reducto complicado para cualquier escuadra visitante, que valoraba mucho un triunfo en la recordada y difícil cancha chica del Ciclón.

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domingo, 29 de diciembre de 2013

El indómito león Togo.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 84 - 27/11/07

 La llegada de un circo en el invierno de 1962 prometía cambiar el letargo del Santa Isabel de aquel tiempo, en el que los divertimientos eran escasos comparados con la actualidad. Por eso, esa noche del debut, el público casi que había cubierto las localidades de la modesta carpa que había sido instalada, como era habitual, en la esquina de Brasil y Mitre. Era en un descampado que alcanzaba a toda la manzana que completaban las calles Sarmiento y Corrientes, frente al terreno del ferrocarril que tenía un monte de eucaliptus.


 La publicidad había entusiasmado a la gente a llegarse a esa función inaugural. Una camioneta tirando un carromato jaula que exhibía un león en su interior había recorrido el pueblo mientras anunciaba el número más importante: "...¡No se pierda esta noche la presentación del indómito león Togo!!", decía el locutor.


 Todo transcurrió dentro de la normalidad en la primera parte de esa noche circense. Pasaron payasos, magos y equilibristas que hicieron reír y asombrar al público compuesto por personas de todas las edades. Hasta que llegó el momento esperado, el número con los leones.

 Los asistentes armaron en la pista una gran jaula con una manga enrejada a la cual atracaron un primer carromato. Abrieron la puerta y un león -posiblemente Togo- bajó del mismo y caminó sin problemas hasta el centro, en donde ya estaba esperándolo el domador. Después colocaron otro carromato y trataron de repetir la operación con un segundo animal. Pero éste estaba echado en el piso y sin intenciones de moverse. Para que se bajara, los asistentes golpearon los barrotes y el techo del aparato y lo azuzaron con un palo... pero nada, el león seguía en el piso. Por eso el domador salió de la jaula dejando solo al primer animal y fue a ayudar para lograr el cometido.

 Mientras estaban en esa faena, el león que aburrido daba algunas vueltas en la jaula de la pista, se metió en la manga rumbo al carromato. Ante esto, los asistentes cerraron la puerta impidiéndole el paso para que no suba al aparato, por lo que el animal, al querer volverse hacia la pista, como la manga era angosta, se paró sobre una reja que cedió un poco y dejó una abertura. La fiera aprovechó la ocasión, se coló a la parte trasera de la pista y comenzó a caminar hacia el público.

 Cuando la gente se percató de la situación, primero los más cercanos, comenzaron los gritos y las corridas hacia la salida. Los que estaban frente a la jaula y a la manga tardaron un poco en darse cuenta porque las rejas les daba una falsa sensación de seguridad. Igual todo el mundo salió de la carpa en medio de una batahola descomunal ganando la calle y corriendo en distintas direcciones, especialmente hacia el centro del pueblo o, algunos chicos, subiéndose a los árboles.

 El león, que parece que no era tan indómito, mientras todos corrían, salió muy tranquilamente por la parte de atrás de la carpa destinada al movimiento de los artistas, hacia el descampado, donde el personal del circo lo atrapó y lo volvió a poner en el carromato. Pero a esa altura de la circunstancia la gente ya había huido despavorida. La mayoría estaba, expectante, a 150 metros, en la esquina de Mitre y Santa Fe. Desde allí, después de un tiempo, escucharon al locutor que por los parlantes los llamaba: "Regresen, ¡la bestia ha sido capturada!", decía.

 Con un poco de recelo, el público fue regresando de a poco. Y antes de continuar con la función devolvieron las cosas que en el desorden de la estampida la gente había perdido: "¡Se ha encontrado un zapato marrón de dama!... "Acá hay un birrete de conscripto!...", "¿Quién es la dueña de esta cartera negra?!..."

 Después retornó el espectáculo. Finalmente actuó el león Togo, dieron una obra de teatro típica del circo criollo y finalizó aquella función que quedó grabada en la historia. 

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jueves, 26 de diciembre de 2013

La pileta de Belgrano.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 55 - 16/12/04

 En el verano de 1968/69, mientras se encontraban en el natatorio de la localidad de Teodelina, a un grupo de familias simpatizantes del Círculo Social y Deportivo General Belgrano les nació la idea de la construcción de una pileta para su Club y nuestro pueblo. 

 Luego de ser presentadas a las autoridades de la Institución, la iniciativa comenzó a crecer en entusiasmo hasta formarse una Sub-Comisión de Pileta cuyos precursores fueron Ángel "Lili" Benso y Osvaldo "Nene" Farrando con la participación de Luis Perdomo, junto a un gran número de adherentes.

  Con la finalidad de recaudar los fondos necesarios se pusieron en venta distintos ciclos de temporadas por adelantado mientras que se gestionó un subsidio provincial solo para natatorios olímpicos que ofreció el entonces senador Sr. Rafael Pasquinelli. Esta última posibilidad aumentó las ambiciones del proyecto, por eso se realizaron rápidos contactos con la empresa constructora Catalini y Gómez de Villa Cañás, que en aquella época se encontraba pavimentando algunas calles de nuestro pueblo.

 Esta empresa finalmente llevó a cabo la obra que quedó habilitada a principios de 1970, en enero, siendo hasta el momento una de las más importantes de la zona con 50m. de largo por 20 m. de ancho, con una profundidad de hasta 2,50 m., y con una capacidad de alrededor de 1.500.000 lts. La inauguración oficial de la pileta olímpica se llevó a cabo el 14 de febrero de 1971.


Con lo recaudado de las ventas de las temporadas se edificaron los baños vestuarios (actualmente parte la casa de la familia de los cuidadores de Polideportivo) y la pileta. Con ramas de eucaliptus y cañas se levantó un quincho que se usaba como bufet, siendo su primer conserje Juan Bilós. Asociados y simpatizantes de todas las edades y ambos sexos colaboraron en distintas labores destinadas a limpiar, ordenar y mejorar la reciente obra.

Cuando se recibió el subsidio provincial se levantaron nuevos y más amplios vestuarios y el bar, y además se realizaron mejoras en la sede del Club.

Como datos anecdóticos se recuerda el día de la habilitación, de baja temperatura para el mes de enero, en el que las primeras personas en ingresar al agua fueron los Sres. Juan Lombardi y Francisco -Franco- Pellegrini. Por otra parte se recuerda al profesor Miguel Ángel Servio quien fue el primer bañero de la pileta y, en la temporada siguiente, lo sucedió el profesor Luis Silvestre, ambos de la ciudad de Venado Tuerto.

Otra particularidad de los primeros años fueron las carnets de asociados a la temporada de pileta en los que constaban los datos de la persona y el correspondiente certificado médico. Al llegar, éste debía entregado en la consergería donde se verificaban los datos, si estaba al día con los pagos, autorizaciones, etc. y se le entregaba a la persona una chapita con un número y un cordel que se colocaba en el traje de baño y permitía el pase a las instalaciones de la pileta.

 Con el correr del tiempo distintas comisiones fueron mejorando el lugar con canchas de distintos deportes -boley, tenis y paddle, entre otras-, mejores instalaciones, parrilleros, iluminación, mayor arboleda y parquización.

El buen cuidado de las instalaciones por parte de las sucesivas sub comisiones de pileta y de autoridades del club han hecho perdurar a la misma a través de las décadas estando aún hoy en perfecto estado de funcionamiento y prestando sus servicios a todos los isabelenses que deseen disfrutar de buenos momentos veraniegos.

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lunes, 23 de diciembre de 2013

Capricho.

Publicado en "Acercar a la Gente" N° 28 - 05/07/00


 Comenzó a funcionar en febrero de 1971 en Gral. López 866 luego de que su dueño, Hugo Ribas, decidiera cerrar su otro negocio que comenzaba a decaer: La Hawaiana, una snack-bar situado en Gral. López y 25 de Mayo, a muy pocos metros de allí. Fue el primer baluarte en Santa Isabel (y uno de los primeros en la zona) de una nueva manera de pasar las noches de fin de semana: música grabada, poca luz y tragos hasta la madrugada. 

 La idea, tomada de las tertulias que realizaban los estudiantes del secundario, se llamó Capricho porque este negocio fue, precisamente, un capricho de su propietario que, a juzgar por los resultados, le fue bastante positivo. Hugo cuenta que el equipo de audio, el mobiliario y la bebida llegó el mismo día de su inauguración, un viernes, y que con lo recaudado ese fin de semana pagó esas compras el lunes mismo.

 En Capricho no se cobraba entrada. Abría todos los viernes, sábados y domingos desde las 11 de la noche y solo ingresaba gente mayor de 18 años.

 Su fachada era blanca con letras negras sobre la puerta de dintel pintado a rayas transversales de esos mismos colores y en el interior había tres habitaciones seguidas. En la primera estaba la barra atendida por Hugo y su hermano Ventura, banquetas de plástico blancas y el equipo de audio donde los simples y "elepés" de vinilo eran colocados por "Cachorro" Gobbi (el jefe de los D. Js.) o también por "Panchito" Paulini o "Cachula" (de Rosario) entre otros. La segunda habitación era la pista, donde un único parlante estaba sobre una vieja rueda de madera que hacía las veces de "parrilla de iluminación". En la tercera estaba el reservado, para tranquilidad de las parejas.

 No entraban más de ciento veinte personas, pero cuando se habilitó el patio de verano, con piso de pedregullo suelto y banquetas de troncos de eucaliptus, este número se amplió hasta alrededor de trescientas. El ambiente, que era tranquilo, sin peleas, se nutría de gente de nuestra localidad y la zona.

 Su decoración mezclaba estilos del pop y la psicodelia hippie, de moda en esos tiempos. 
 Para parte de la sociedad de entonces, acostumbrada a los bailes populares, este lugar con poca luz, no era bien visto.

 Capricho funcionó hasta mediados de 1973. 

Ver más en:  Yo quiero a Capricho...



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martes, 25 de junio de 2013

La Sociedad Española y su Prado Español

El origen europeo de gran parte de la población que componía al Santa Isabel de sus primeros años ha quedado evidenciado, entre otros, con la creación de las instituciones afines a las nacionalidades mayoritarias.

 El 18 de septiembre de 1910, apenas un año y medio después de fundado Santa Isabel, un grupo de inmigrantes españoles crearon la Sociedad Española de Socorros Mutuos. La primera Comisión Directiva estaba compuesta por este grupo de entusiastas: Julian Pando, Cito Gamberté, Roque Rico, Gines Carbonell, Pedro Albert, Miguel Falagán, Antonio Tarragó, Miguel Escudero, Francisco Diez, J. A. Muñoz y Plácido García.

 La entidad tenía como finalidad la concreción de un lugar en donde reunirse los connacionales, además de generar la fraternidad y la ayuda mutua entre sus miembros.

 Aunque no se conocen datos exactos, se sabe que la Sociedad Española logró, con el tiempo, construir su sede social emplazada en calle Belgrano, al lado de la Iglesia Santa Isabel de Portugal. Se estima que esto debe haber ocurrido en la década de 1920, a juzgar por algunas fotografías que muestran a la Iglesia, que se inauguró en 1922, totalmente desolada, sin construcciones aledañas.

 La Sociedad Española, tal como la han conocido varias generaciones de isabelenses ocupaba la esquina de Belgrano y Mitre. Al lado de la Iglesia había una construcción de material de estilo antiguo, con salón y otras dependencias y, en la esquina, el llamado Prado Español.

 El Prado -a secas, tal como se lo llamaba- estaba cercado por una alta verja de gruesas columnas coronadas con tejas y, en la esquina, se encontraba el arco de entrada, con sus portones y boleterías, del mismo estilo ibérico. En el amplio predio, había algunos árboles y se levantó una construcción de maderas y chapas a cuatro aguas, que se cerraba con lonas, en las que se han celebrado infinidades de bailes, fiestas de carnaval, almuerzos y cenas teniendo como animadores, más de una vez, a importantes figuras del espectáculo nacional.

 En octubre de 1945 todas las instalaciones fueron alquiladas por Mario Miculán y familia, quién puso una heladería y bar, además de atender los eventos que se realizaban en el Prado. Este fue uno de los bares más exitosos de la localidad ya que en su mayor apogeo la vereda de Belgrano, que en ese entonces terminaba sobre la calle que era de tierra, fue extendida por medio de maderas sobre la cuneta para dar mayor espacio para las mesas que, en tiempos de verano, eran ocupadas por grandes grupos de amigos hasta la esquina y aún dentro del Prado.

 La Sociedad Española fue también el lugar desde donde se realizaron unas de las primeras emisiones radiales -por decirlo de alguna manera- cuando por medio de amplificadores y bocinas, instaladas allí mismo en la década de 1950, se pasaba música y publicidades.

 En el verano de 1969/1970 los Miculán se trasladaron a un local propio y la actividades, que ya venían en decadencia, pasaron a ser casi nulas, mientras que las instalaciones comenzaron a dar importantes señales del paso del tiempo y de la falta de mantenimiento.

 En marzo de 1975, viendo que los objetivos de la entidad no estaban acorde a los tiempos y que era imposible la recuperación tanto social como material, se realizó una Asamblea que decidió vender el inmueble y donar lo recaudado al Hospital Miguel Rueda. La compra la realizó la Caja de Ahorro y Crédito de Santa Isabel, Ltda. que construyó el edificio de su nueva sede la que, a la postre, terminó en manos del Banco Credicoop Coop. Ltdo.

 Aunque se puede pensar que nada ha quedado del Prado Español, algunos vestigios de él aún se pueden encontrar. En el terreno aledaño al Banco todavía se puede hallar, expuesto a la intemperie, parte del piso de baldosas negras y amarillas que cubrían toda la parte techada, aquel que en el centro tenía las iniciales de la Institución y que -según dicen algunos observadores memoriosos- yace debajo de la actual edificación.



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miércoles, 13 de marzo de 2013

Colonia La Lyda.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 115 del 26/11/2010

 La zona Sur y centro Sur del distrito Santa Isabel perteneció a Diego de Alvear, cuyo territorio, a fines del siglo XIX, incluían los actuales distritos de Christophersen, San Gregorio, Diego de Alvear, Teodelina, Villa Cañás, parte de María Teresa, Santa Isabel, Wheelwright, Hughes, Juncal y penetraba en casi igual extensión en el norte de la provincia de Buenos Aires. En 1886 vendió 8.099 has. que pertenecen al distrito de nuestra localidad delimitadas por lo que hoy se conoce como Avenida Francia, sobre ruta 2-S, desde campo Glavinovich hasta un poco más allá de lo que se conoció como monte de los Picnics, desde donde parte una calle hacia el Sur, hasta el límite con Villa Cañás. Desde ese punto, por otra calle que corre hacia el NE, cruzando ruta 94, hasta la calle que viene desde campo Glavinovich.
 Luego de varias ventas, en 1898, el territorio fue heredado por Angela Tiscornia y sus dos hijas, María Luisa y Lyda Lucrecia Pinasco, quienes crearon el establecimiento “Las Dos Hermanas”. En 1917, María Luisa, casada con Federico Coverton, heredó Las Dos Hermanas, mientras que a Lyda Lucrecia, casada con Ciro Echesortu, le correspondieron 4.710 has. ubicadas al SO del territorio de su hermana. A raíz de esta división surgió el establecimiento “La Lyda”.

 El Sr. Norberto Dall'Occhio, profundo conocedor de la historia de La Lyda por haber transcurrido su infancia y adolescencia en uno de sus campos, nos acercó esta valiosísima información que describe la las labores y la vida de los colonos que habitaron ese territorio:

 
Arrendatarios del Campo La Lyda.
 Una parte del establecimiento La Lyda fue arrendada bajo el régimen de aparcerías rurales a distintos productores. Eran las denominadas Unidades Económicas que variaban entre 100 y 80 hectáreas. El régimen de aparcerías consistía en entregar al dueño del campo un porcentaje de la producción agrícola que, en la década de 1940, podía llegar hasta el 25% de lo cosechado, trillado, embolsado y puesto en la estación de ferrocarril (generalmente en Rastreador Fournier).
  El arrendatario podía utilizar hasta un cinco por ciento de su explotación como potrero con la finalidad de criar algunos animales tales como aves de corral, cerdos, ovejas, vacunos y caballos. Cabe destacar que en esos tiempos era muy importante la crianza de caballos pues las tareas se hacían con tracción a sangre. Por ejemplo, en la roturación de la tierra se usaba un arado de dos rejas tirado por seis caballos (no existía la siembra directa). Los caballos del turno mañana eran cambiado por otros en el turno tarde. Cada arado roturaba entre una hectárea y una hectárea y media por día.
  Las principales siembras eran de trigo y maíz, algo de lino y girasol, con rotación anual de cultivos. También se cultivó sorgo. La soja no se conocía pues apareció en la zona en la década de 1970.
  En las décadas de 1920-1930 el trigo se cosechaba mediante una máquina de arrastre denominada espigadora que realizaba el corte y luego se lo emparvaba. Después llegaba al campo la trilladora que separaba el grano de la paja. La máquina corta y trilla (cortitrilla) apareció a fines de la década del '30 y fue un importante avance en la mecanización del agro que hasta hoy no para de innovar.
  En cuanto al maíz, la recolección se hacía a mano mediante la famosa "juntada" que, generalmente, duraba alrededor de dos meses mediante la contratación de juntadores golondrinas y también de la localidad. Las espigas se entrojaban y luego venía la máquina desgranadora. En la década de 1950 aparecieron las primeras máquinas juntadoras-desgranadoras de maíz, que con el correr del tiempo se fueron perfeccionando.

 Entre los productores que arrendaron campo en La Lyda se pueden citar a Marcelo Levié, Martinich, Pedro José Dall'Occhio, José Zarich, Eterovich, Mateo Mateasich, José Lorenzo, Lucio Genovesi, Damorio Rocca, Ezio Cónsoli, Cicchini, Gordulich, Restovic, Favaro, Colacelli, Sencovich, Juan y Francisco Zarich y Juan Matiasich.
 A fines de la década de 1940, al estar prohibidos los desalojos, la estancia La Lyda comenzó a negociar el retiro de algunos arrendatarios cuyos campos le interesaba recuperar. De esa forma comenzó el éxodo de colonos que, en general, se fueron a vivir con sus familias a centros urbanos. Los arrendatarios que quedaron, finalmente tuvieron que abandonar sus explotaciones en la década de 1960 al quedar liberados todo tipo de alquiler de inmuebles.
 Al fallecer la dueña del establecimiento, Lyda Pinasco de Echesortu, sus cuatro hijos herederos subdividieron el campo y continuaron la explotación sin arrendatarios, con algunas variantes en cuanto a la titularidad de cada una de las fracciones de tierra.

Club Atlético La Lyda.
 En 1941 fue fundado el Club Atlético La Lyda por un grupo de chacareros arrendatarios del campo La Lyda. El objetivo de la institución era el desarrollo de actividades recreativas, sociales y deportivas de las que podían participar las numerosas familias de agricultores de la zona, que incluía también a los residentes en los campos de Las Dos Hermanas, Santa Lucía y Wirsch (en el distrito de Villa Cañás).
 La primer Comisión Directiva fue presidida por José Lorenzo y su secretario Fue Pedro José Dall 'Occhio. Además, entre los fundadores estaban Zarich, Sencovich, Mateasich, Favaro, Martinich y Pereyra (hijo del administrador de la estancia).
 El Club funcionaba en la chacra de José Lorenzo. Se construyó una carpa al laco de la chacra, con piso de tierra apisonada. Cuando se realizaban bailes (también hubo algunas funciones de un circo ambulante), se colocaban arpilleras o lonas a los costados y en los techos de la carpa. La iluminación se hacía con faroles llamados "sol de noche" y también mediante generadores de electricidad alquilados. Los bailes populares se realizaban generalmente en épocas de verano y concurría gente de la zona y pueblos vecinos. Animaban la fiesta, por lo general, cuartetos de la región dirigidos por Falleroni o Capellino de Villa Cañás o Rezzano de Santa Isabel.
 En la parte deportiva, la actividad principal era el fútbol. Como distintivo se adoptaron los colores rojo y negro, con camisetas similares a la de Newell's Old Boys de Rosario. El equipo estaba integrado con jugadores que eran hijos o familiares de los chacareros de la zona y también peones y jóvenes que trabajaban en las chacras o en la estancias vecinas.
 El primer capitán del equipo fue Jerónimo Sencovich (que a su vez jugaba en las divisiones inferiores de Juventud Unida). También integraron el equipo, en distintos momentos, Bartolo, Juan y José Zarich, Bessone, Zanni, José Eterovich, Jorge Mateasich, Piacentini, Macagno, Marengo, Santich, Rojas y Aranda.
  La cancha estaba ubicada cerca de la carpa y uno de los campos estaba lindero al Campo Wirsch. Periódicamente se jugaban partidos amistosos o torneos "relámpagos", en los cuales intervenían, entre otros, Sol de Mayo de Runciman, el Club Sportivo Las Rosas y el Club Sportivo Las Encadenadas (Villa Cañás). Como premio, los ganadores recibían un trofeo u once medallas (en aquel tiempo no se permitía el cambio de ningún jugador). En reciprocidad el equipo de La Lyda participaba en torneos de los clubes mencionados y de otras instituciones de la zona.
 Lamentablemente el éxodo rural que comenzó a partir del año 1949 fue debilitando la acción social y deportiva del Club, situación que finalmente determinó la cesación de sus actividades.





 Dirigentes, simpatizantes y jugadores del Club Atlético La Lyda en un torneo organizado en su campo de deportes el 30 de marzo de 1947. Entre los jugadores aparecen Bessone, Jerónimo Sencovich, Piacentini, Zanni y Bartolo Zarich.




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miércoles, 6 de marzo de 2013

Cuando calienta el sol aquí, en Santa Isabel.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 40 - 20/12/2002
¿Como fueron y como son los veranos en Santa Isabel?. Costumbres, cosas e historias de días ardientes. 

 Que los veranos tienen características similares en muchos lugares de nuestro país no es ninguna novedad. La Navidad, la siesta, el calor, los mosquitos o como refrescarnos son temas que atañen a millones de personas. Pero paralelamente a estas cuestiones tan generales, cada comunidad ha ido elaborando costumbres y produciendo historias según su lugar geográfico y condición económica. Incluso, ya hablando de nuestro pueblo, podemos encontrar distintos hábitos veraniegos si averiguamos en diferentes grupos o familias. Observando la actualidad y preguntando a los memoriosos hemos realizado esta breve reseña de costumbres, historias y cosas que están ligadas a esas cuestiones generales pero que contienen, en muchos casos, el sello de Santa Isabel.

LA ALEGRÍA DE UN CHAPUZÓN
 La laguna El Aljibe (conocida también como de Raimundi) fue el lugar al que siempre, en mayor o menor medida, los isabelenses acudimos para darnos un chapuzón. Si bien estas aguas barrosas siguen siendo visitadas de vez en cuando para un baño, practicar windsurf o dar una vuelta en lancha o en moto acuática, hace ya mucho tiempo que no convocan tanta gente como lo hacían antes de la aparición de las piletas. Hasta ese entonces (y desde un momento impreciso de la historia, tal vez desde los años treinta) no solo las familias de Santa Isabel acudían a refrescarse y pasar un buen momento los fines de semana -especialmente los domingos- si no que también lo hacían las de María Teresa que llegaban por el camino de tierra que une ambas localidades.
 Los que poseían un vehículo solían viajar a otra laguna, la de Melincué, que es más grande, iba más gente y, donde los sábados y domingos se hacían bailes. Lo hacían por el viejo camino que une Chapuy, Carmen, Elortondo y Melincué y era común que se realizaran en algún camión para llevar a un gran número de personas.
 En el verano de 1968/69 comienza a funcionar la primer pileta del pueblo. Estaba en la casa que la familia Sylvester tenía en la calle 25 de Mayo y la vía. Si bien era privada, todos los pibes del barrio y de más allá, se trepaban, desde la vía, al tapial para mirar, deseosos, como la gente se bañaba. Los dueños, indefectiblemente, invitaban a todos los chicos a tirarse al agua y pasar un momento de felicidad.
 Esta pileta fue la punta de un cambio en las costumbres. Se comenzaron a dejar de lado las lagunas y la gente se volcó a esta modalidad.
 En el verano 69/70 llegó Recreo Caribe, la pileta de la familia Cugnoflís, (Eva Perón y Santa Fe) que fue construida íntegramente con el trabajo de sus dueños que hicieron el pozo, rellenaron el terreno, construyeron las paredes y levantaron un quincho que luego se transformó en Neptuno, un boliche o confitería bailable, como se decía en ese tiempo. Ésta, que era una pileta pública, porque se podía acceder con el pago de una entrada, siempre se caracterizó por su belleza y tuvo su momento de gran popularidad hasta mediados de la década pasada.
 El 14 de febrero de 1971 se inauguró oficialmente la pileta olímpica (20 x 50 m.) del Club Belgrano -que se mantiene con gran vigencia hasta hoy- y se comienza a aplicar el concepto social en cuanto a que los asociados al Club tienen algunos beneficios con respecto a los que no lo son; por ejemplo el precio (por día o por temporada) que se abona para poder meterse al agua es diferente para unos y otros. Belgrano además ofrece, por estos días, un amplio lugar para hacer deportes, buena sombra, parrilleros, colonia de vacaciones para niños, etc. en un espacio de casi 1 hectárea. Estas comodidades se fueron cimentando a través de los años con el esfuerzo de la gente que ha estado trabajando en la institución.
 El Club Juventud Unida también tiene su pileta social. Comenzó a funcionar a principios de 1979 y es otro caso de trabajo institucional. Si bien sus dimensiones son más reducidas no deja de convocar, año tras año, a un importante número de bañistas y tiene la ventaja de estar en la zona céntrica, Belgrano y San Martín. Al momento de escribir esta nota todavía no se había habilitado debido a un problema en su estructura pero se espera que será reparada en los próximos días.
Desde hace más de 30 años las piletas, privadas, públicas o sociales son las que atraen a la gente en verano, especialmente a jóvenes y niños. Pero es necesario aclarar que el mantenimiento de las mismas no es gratuito; el Club Belgrano, por ejemplo, calcula que esta temporada le demandará $12.000 de gastos que deberán solventarse, como en los otros casos, con el aporte de los que concurran. Por esta cuestión, el placer de darse un chapuzón en aguas limpias no es para todos. Solo la popularización de las piletitas de lona y la buena voluntad de los responsables de las más grandes ha permitido que aquellos niños que no tengan para pagar puedan meterse en el agua. El estado, durante este tiempo y en todas sus formas, ha estado casi siempre ausente y sin proyectos serios en el tema.

SOBRE BEBIDAS Y HELADERAS,
 El vino y la cerveza siempre han estado presentes, aunque ahora hay una impresionante variedad de marcas y calidades. Las gaseosas, que proliferan en sus envases de plástico, antes no eran tan comunes, se las consumía de vez en cuando y no lo hacía todo el mundo. Por eso se recuerda muy bien a la Chinchibirra, una limonada que ya se fabricaba en el siglo XIX, a la "Bolita" Belinda, parecida pero de sabor mas suave y a la Naranja Bilz, casi sin gas; todas desaparecidas hace muchas décadas. Más cercana en el tiempo -y recordada casi con devoción- está la Bidú Cola que se comercializó en las décadas del 50' y 60'. De las que sobreviven de ese tiempo están la Crush y la Seven Up. La Coca Cola se comenzó a vender a fines de los años sesenta porque -se dice- no estaba autorizada en nuestra provincia por problemas legales con la fórmula. Algunos la compraban en Arribeños o en Colón, provincia de Buenos Aires; tener Coca Cola en casa daba cierta importancia .
 La granadina sobrevive desde tiempos inmemoriales. Este concentrado rojo y dulce que se mezcla con agua o soda fue muy consumido antes de la masificación de las gaseosas. Y, hablando de soda, es difícil olvidar aquellos peligrosos sifones de vidrio que diariamente el sodero dejaba en el umbral de cada puerta después de tomar los vacíos y el dinero que las señoras dejaban debajo de ellos para pagarlos.
 Ahora es difícil imaginar una vida sin electricidad, sin heladeras y sin cadena de frío. Cuando esto no existía las costumbres eran otras; el agua fresca de la bomba era lo que más se tomaba y, exactamente al lado de las bombas de cada casa, había un pozo donde se bajaba un balde con las bebidas o frutas para que el agua las refrescara. Incluso algunas casas tenían un pozo dentro de ellas, con una tapa en el suelo, dedicados a este fin. Los sótanos eran también refrigerantes naturales, allí se guardaban las bebidas y algunos alimentos.
 Pero ninguno de estos métodos podían conservar por mucho tiempo leche y carnes, la solución era consumir alimentos frescos. Por eso en la mayoría de las casa había huertas y gallineros y en el campo, al menos, una vaca lechera. Si se sacrificaba un pollo a media mañana, era para consumirlo al mediodía. La "fiambrera", una especie de jaula con tejido tipo mosquitero en la que se colocaba la carne, era un elemento esencial que se colgaba en una galería o debajo de un árbol, a la sombra y donde corriera aire. Protegía a la carne de las moscas y la conservaba por un tiempito.
 Las primeras heladeras que aparecieron fueron las de hielo, pequeñas y revestidas de madera. En nuestro Nº 23 el Sr. Valentín Lamelza nos contó que a la estación Otto Bemberg llegaba semanalmente un vagón especial con pescados y lleno de hielo para conservarlos; mucha gente llevaba este hielo a sus heladeritas. Por otra parte Juan Miculán nos dijo en el Nº 38 que compraban hielo en Villa Cañás para hacer helados. Estos eran algunos de los lugares de donde llegaba el hielo hasta que, en la década del '40, comenzó a funcionar la fábrica de Yaco Raimundi, que estaba en San Martín 1236 y que trabajó hasta los '60. La gente le compraba ½ o ¼ de barra de hielo solo cuando era necesario. Para las fiestas de fin de año se formaba cola de compradores porque, además, lo colocaban en fuentones con las bebidas, tapados con arpillera para que no se derritiera rápida mente.
 En muy pocas casas y negocios había heladeras eléctricas, por ese entonces de corriente continua. Además aparecieron las heladeras a kerosén, muy problemáticas, que también tuvieron su momento de gloria. Pero la revolución del frío llegó a Santa Isabel cuando en 1955 comenzó a funcionar la usina nueva con corriente alternada y que además coincidió con un momento en que los artículos eléctricos comenzaron a hacerse más masivos y había más hogares con heladeras eléctricas; las más recordadas son las Siam -todavía hay algunas en marcha!- En Santa Isabel algunos emprendedores se unieron para armar y fabricar heladeras con la marca Santbel.

PICAN, PICAN LOS MOSQUITOS
 Además de calor... mosquitos! Actualmente conocemos varios métodos para matarlos o espantarlos: insecticidas en aerosol, tabletas, repelente, etc. Nos cuentan que en un principio había quienes cubrían las camas por arriba con un tul que, a la hora del descanso, detenía a los insectos. Comenzada la década del '70 todavía el tul aún se usaba en las cunas para proteger a los bebés. Otro método, que podía estar combinado con el anterior, era regar el piso -de tierra- con fluido Manchester.
 Para matar moscas y mosquitos existía el Flit, un insecticida líquido que se comercializaba en varios países y que se rociaba en spray con la imprescindible "máquina de fli",una bomba manual de aire con un recipiente para el líquido.
 No podemos dejar de lado al espiral que aún se sigue usando. Hubo un tiempo en que nadie dormía sin un espiral encendido que impregna toda la casa y la ropa con su olor.

LA HORA DE LA SIESTA
 La siesta, cosa sagrada, momento de sosiego... aunque, para desvelo de los mayores, los más chicos jamás lo hayan comprendido así. Las calles que antaño quedaban desoladas ya no lo están tanto y ese momento de descanso suele frustrarse.
 Por allí funcionarán los equipos de aire acondicionado super silenciosos, distintos a aquellos que ronroneaban y consumían tanta electricidad. Pero esto no es tan común, por eso la siesta no se concibe, en verano, sin al menos un ventilador encendido.
 En nuestra localidad, los ventiladores comenzaron a aparecer también con la llegada de la corriente alternada en 1955. Antes de esto había muy pocos, se recuerda al ventilador de techo del Bar Victoria de Tomás Carlovich (Sarmiento y Gral. López) y a los de la Sociedad Italiana, que eran pequeños y estaban sobre repisas alrededor de los palcos.
 La estrategia para mantener frescas las habitaciones era ventilar a la mañana temprano y cerrar todo cuando el sol comenzaba a hacerse sentir. Los techos se hacían altos con esa finalidad; debajo de las chapas tienen una capa de tierra y luego ladrillos para aislar las altas temperaturas. En las casa de techos bajos, tipo rancho, al principio del verano se ponía pasto o cañas sobre las chapas y todos los días se regaba el piso para refrescar; muchas veces se dormía en el suelo.
 En todos los casos el calor siempre era difícil de soportar. Para aplacarlo se recurría a los abanicos o a las muy populares "pantallitas". Estas consistían en un cartón rectangular sostenido por un mango de madera, también las había todas de cartón. Se regalaban con la compra en negocios de ropa. Las más famosas han sido las "pantallitas" que obsequiaba Casa Ducay.

ARDE EL CAMPO
 Tratemos de imaginar el comienzo de nuestro pueblo en febrero de 1908 en medio del campo virgen; solo yuyos y animales silvestres. En cada chacra que se instalaba era primordial el agua y las bombas manuales eran lo más común para obtenerla. También estaban los malacates con caballos y, luego, fueron apareciendo los molinos de viento con tanques australianos. Fuera cual fuera el medio con que se contara, el agua a los animales y a la quinta no debía faltar.
 Muy temprano, a la madrugada, se comenzaba con las tareas diarias y agotadoras del campo. Por eso había familias que tenían la costumbre, en verano, de tomarse un recreo cuando se acercaba las 10 de la mañana; debajo de la sombra de un árbol se ponía una mesa y todos se reunían a comer sandías y melones de la huerta -algunos años había tantas sandías que solo se les comía el corazón y lo demás era para los chanchos o las gallinas-. Después los hombres terminaban algunas tareas y las mujeres se dedicaban a cocinar el almuerzo.
 Si hacía mucho calor se comía en las galerías abiertas o en otras dependencias que no fueran las cocinas porque para hacer de comer se usaban las cálidas cocinas a leña.
 En cuanto a la cosecha del trigo había grandes diferencias con las actuales. No se contaba con los medios técnicos de ahora, en que las cosechadoras, vistas desde lejos, parecen naves extraterrestres donde detrás de sus relucientes cristales, en un ambiente fresco y sin polvo, el conductor observa como la máquina recolecta los granos.
 La tecnificación fue lentamente desde casi la nada a lo actual. De tal manera antiguamente el trigo era cortado y atado en gavillas que luego se emparvaban hasta que llegaba la máquina a vapor que lo trillara. Todo bajo el sol ardiente, lo mismo que cuando se tenía que emparvar el pasto para los animales. Aunque se piense lo contrario, estos trabajos no se hacían con el torso desnudo, se usaban camisas manga largas -de fosati- y en la cabeza un pañuelo mojado que cubría parte de la espalda, apretado en la cabeza por un sombrero con pasto fresco.
 Las langostas, que fueron desapareciendo para la década del '50, eran una plaga típica de verano. A mediados de diciembre comenzaban a nacer y los primeros días de enero aparecían las saltonas que se comían todo: huertas, montes frutales, sembradíos de girasol o de maíz y hasta la ropa. Se había creado un organismo estatal, Defensa Agrícola, que debía proveer de chapas barrera y otros elementos, aunque no siempre era así. Las chapas barrera, de unos 50 cm. de alto, detenían el avance de los insectos y se aprovechaba ese momento para quemarlas con lanzallamas a kerosén.  También, cuando se las veía llegar se hacía ruido golpeando ollas, latas o cualquier cosa ruidosa; algunos dicen que esto las espantaba, otros que era para avisarle al vecino. Para que no siguieran multiplicándose, había que sacar una capa de tierra en el lugar que los bichos habían desovado; se hacía con pala o asada en medio de los maizales o donde fuera, siempre al calor del verano. El tema de las langostas solía ser motivo de conflictos entre vecinos ya que si alguno no hacía bien los trabajos, la plaga afectaba a los demás
 En 1974 alrededor de cuarenta y cinco establecimientos rurales tuvieron electricidad mediante una obra que emprendió la Cooperativa de Luz y Fuerza de Santa Isabel que todavía existía. El campo cambió sus costumbres veraniegas y se igualó en comodidades con el pueblo, aparecieron los ventiladores, heladeras eléctricas, bombeadores y demás.

 Hablar de hábitos y cosas veraniegas es tema de nunca acabar. Nos quedan los bares, las vueltas del perro, las heladerías, las fiestas de fin de año, las calles polvorientas, el tomar fresco a la noche en la vereda y tantas otras; incluso profundizar más las ya comentadas.
 Si esta nota sirviera como disparador de charlas entre familiares y amigos sobre recuerdos y realidades, sobre lo perdido y ganado, seguramente se enriquecerían los temas tratados y nosotros habríamos cumplido parte de la misión que nos impusimos al comenzar: comparar como se vivía y como se vive cuando calienta el sol aquí, en Santa Isabel.
 
 
 Pileta del Club Juventud Unida.











Pileta del Club Belgrano.
 
 La recordada Bidú Cola.
 
 Laguna de Raimundi en los 60'.
 
 Cosecha del trigo en los '20 y '30.
 Las "pantallas" de Ducay.

















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