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miércoles, 22 de noviembre de 2023

El Cadete tenía razón

 Por Norberto Oscar Dall’Occhio

 Corría el año 1949 y el Cadete fue a trabajar como de costumbre al bazar, librería y cigarrería de su tío en la esquina de Mitre y General López. Mientras barría el piso del negocio, pensaba en la película argentina que a la noche de ese sábado se proyectaría en el Cine Ideal y en el partido que Colegiales, el equipo de fútbol que él capitaneaba, disputaría el domingo en la cancha de General Belgrano, enfrentando nada menos que a su gran rival, el conjunto de Alumni. 

 Aquella fría mañana de invierno no había reparto de cigarrillos a los boliches y por lo tanto tenía que estar detrás del mostrador atendiendo a los clientes que venían al negocio. Al Cadete esa tarea no le resultaba del todo agradable por el formalismo que le exigían para atender a los clientes y por los distintos trabajos de limpieza que diariamente había que realizar. Él prefería la vida al aire libre, la libertad que le brindaba la Bicicleta de Reparto. Sí… la Bicicleta de Reparto escrito con mayúscula, porque era el valioso medio de transporte que usaba diariamente para recorrer los lugares más apartados del centro del pueblo, llevando diarios y revistas a domicilio, a veces en días lluviosos y con calles barrosas e intransitables. Además, se encargada de distribuir cajas de cigarrillos en los boliches más alejados del centro y de buscar los atados de diarios que venían de la Capital Federal y de Rosario en la parada del colectivo La Verde frente al Hotel Central. También tenía que retirar los paquetes de revistas y diarios que venían de Buenos Aires y se entregaban en la Estación del Ferrocarril y en las oficinas del Correo local. 

 Al Cadete le encantaba charlar amigablemente con los clientes y con la gente del lugar sobre diversos temas, enterarse de alguna novedad, escuchar un buen consejo de parte de las personas mayores y a veces aceptaba tomar un mate con algún cliente. Como adolescente, le entusiasmaba transitar ese variado ambiente pueblerino, fuera de las cuatro paredes de un negocio, vivir la realidad de la calle, que seguramente lo ayudaría a conformar su personalidad y lo prepararía para enfrentar mejor su futuro, buscando un nuevo horizonte con sus permanentes inquietudes, dentro de ese pequeño mundo donde le tocaba vivir.

 Serían alrededor de las once de ese sábado, cuando apareció en el negocio un apuesto joven que lucía botas de un brillo reluciente, elegantemente vestido con un impecable saco sport. Cuando lo atendió, el señor le preguntó si vendían discos para escuchar música. El Cadete le explicó que no tenían discos, pero que si lo deseaba, se podía hacer un pedido a Rosario. Su tío se dio cuenta que era un forastero, se acercó y continuó la conversación para sugerirle alguna otra alternativa. Mientras charlaban su tío y el caballero, el Cadete se aproximó a la vidriera del negocio para mirar el llamativo coche que el cliente había dejado estacionado. Era un ampuloso Cadillac y en el asiento delantero estaba sentada una hermosa dama de cabello platinado. 

 Su prima también se acercó para ver el atractivo vehículo, pero el Cadete fijó su mirada en la dama. ¡Pero esa mujer que está en el coche es Elina Colomer!, dijo asombrado, a lo que su prima le contestó de inmediato: ¡no imposible… cómo puede ser Elina Colomer!

 Mirá, le respondió el Cadete mostrando una revista Radiolandia que estaba en exhibición en un estante: ¡y ella está en la tapa! Su prima observó la tapa de la publicación, dudó un momento y le contestó: para mí es una mujer parecida… pero no se trata de Elina Colomer.

 Al mediodía su tío cerró el negocio y el Cadete se fue a su casa a almorzar. Durante la comida comentó lo sucedido. Estaban presentes sus padres y sus dos hermanas. Cuando escucharon el relato,todos a unísono dijeron: nooo… no puede ser, cómo Elina Colomer va venir a Santa Isabel… a vos te habrá parecido… debe ser otra persona… 

 La afirmación del Cadete no convenció a sus familiares, a pesar de la firmeza de sus palabras y de los ejemplos que dio.

 Terminado el almuerzo, el Cadete cruzó la calle y entró al Club Belgrano. Allí en el bar, donde estaba reunida la barra de amigos, era un lugar propicio para comentar lo sucedido durante la mañana y buscar apoyo a sus afirmaciones. Los muchachos lo escucharon con atención. Uno por uno, le contestaron casi lo mismo que su familia: "te habrá parecido que era Elina Colomer" o "debe ser alguna mujer con cierto perfil de la famosa actriz". Además, uno de los integrantes de la rueda de amigos agregó: "el hombre es probable que sea algún estanciero de la región que estuvo de paso por Santa Isabel y su linda acompañante tiene cierto parecido a la artista". Y ahí se acabó en tema. Los muchachos de la barra pidieron un naipe al conserje y se pusieron a jugar a las cartas… ¡Otro fracaso para el Cadete!

 Ante el escaso eco encontrado en el ámbito familiar, entre sus amigos y otras personas del pueblo que habitualmente frecuentaba, a las cuales les repetía la anécdota, el Cadete se sintió defraudado ya que, puesto como testigo, no tenía capacidad para convencer a la gente de sus cualidades de ser un buen observador y un buen fisonomista.

 Pero a los pocos días, sorpresivamente para él, ocurrió algo inesperado. En el pueblo empezó a correr la noticia de que en Villa Cañás, en la Estancia de Díaz, había pasado un fin de semana la actriz Elina Colomer. El Cadete, ante semejante información sacó pecho, se puso contento y se sintió reconfortado. Pensó para sí mismo: "¡yo tenía razón!", todo lo que vi con mis propios ojos era muy cierto y no me creyeron".

 Pero en su interesante narración omitió algo muy importante. Resultó que a pesar de confirmarse la veracidad de su relato, a la afirmación del Cadete le faltó agregar un dato que luego sería muy relevante. El elegante joven que él atendió en el negocio de su tío, era nada más y nada menos que Juan Duarte, hermano de Evita y Secretario Privado de Juan Domingo Perón, en ese momento Presidente de la Nación.

Elina Colomer: https://es.wikipedia.org/wiki/Elina_Colomer

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viernes, 17 de noviembre de 2023

Las viandas del Hotel Central, la fábrica de hielo y el sueño de la heladera propia

Por Norberto Oscar Dall´Occhio


El envío a domicilio de viandas portátiles era un hecho muy común en la década de 1940. Este servicio estaba a cargo del Hotel Central, cuyos dueños en esos momentos eran los señores Dafara y Aurelio.

El repartidor del Hotel, al mediodía llevaba el pedido del cliente en cacerolas enlozadas superpuestas en forma vertical sostenidas desde la base con un armazón de metal que terminaba con una manija. Algunas horas más tarde las pasaba a retirar.

En los días de mucho frío había familias que esperaban ansiosas esas exquisitas comidas bien calentitas, gracias a unas brasas encendidas colocadas en la base de la vianda. El menú habitual estaba conformado por ricas sopas, polenta con estofado, guiso de arroz y puchero criollo, entre los platos preparados por los excelentes cocineros del Hotel.

Por la calidad de las comidas elaboradas, era común en la zona que muchos viajantes de comercio que visitaban en coche los pueblos, a la hora de comer, se trasladaran a Santa Isabel para almorzar o cenar en el restaurante del Hotel Central.Tal era la fama bien ganada que supo conseguir este rincón isabelense.

El servicio de viandas duró hasta mediados de la década de 1940 pues un golpe de suerte les cambió la vida a Dafara y Aurelio. En diciembre de 1944 tuvieron la fortuna de poseer un décimo de la Lotería de la provincia de Sante Fe con el número 11.880, que correspondió al primer premio del sorteo del Gordo de Navidad y se convirtieron en nuevos ricos junto con otras personas de Santa Isabel que poseían los nueve billetes restantes, vendidos por la Agencia de Lotería de Santiago Lorenzatti, ubicada en la esquina de Sarmiento y General López.

Más adelante los afortunados, Dafara y Aurelio, vendieron el Hotel, se fueron del pueblo y tomaron otros rumbos.

En 1948 el Hotel fue comprado por la familia Bassignani.

Y ahora pasemos a otro tema. Justamente al lado del Hotel Central, en San Martín 1236, existía en aquel entonces en Santa Isabel una fábrica muy importante que tomaba gran impulso en la época estival. Se trataba de la fábrica de hielo de la familia Raimundi, a cargo de Santiago Raimundi, quien entre 1943 y 1947 fue presidente de la Comuna.

Muchos recuerdan esa época en la década de 1940, en la que prácticamente casi ninguna familia poseía heladera en su casa. Solamente se podían encontrar en algunos bares y carnicerías. Por lo tanto tener una heladera en casa era un lujo. Aparecieron algunas que funcionaban a kerosene, aunque eran casi una rareza. La novedad surgió en la década de 1950 con la aparición de la famosa Heladera Siam y entonces sí, algunos pudieron comprarla. Para muchos hogares fue un deseo que se convirtió en una realidad, a veces con mucho sacrificio familiar.

En Santa Isabel también surgieron ciertas inquietudes empresariales con la intención de fabricar localmente heladeras con la marca Santbel, según comentarios de la Revista Acercar a la Gente, ejemplar número 40 del año 2002.

Dentro de esta época de las décadas de 1940 y 1950 tenemos que agregar el gran problema surgido por la falta de electricidad en el pueblo a fines de 1949 y principios de 1950, situación que duró hasta 1955, que lógicamente afectó el uso de las heladeras existentes.

Esta situación generó una gran demanda de barras de hielo fabricadas en el pueblo o en localidades vecinas, destinadas a toda clase de eventos sociales como bailes, casamientos, banquetes, festejos y reuniones importantes en las cuales era habitual encontrar grandes fuentones de metal que contenían distintas bebidas, cubiertos con hielo trozado, tapados a veces con una arpillera mojada para mantener frescas las botellas.

En la fábrica de Raimundi, durante las fiestas de fin de año era común ver gente haciendo cola para comprar un cuarto (generalmente para uso familiar) o media barra de hielo, que había que romper con un martillo para obtener trozos más chicos.

La fábrica dejó de funcionar en la década de 1960, época en la que se extendió el uso de la heladera en la mayoría de los hogares y, felizmente, se logró concretar, en muchos casos con gran sacrificio como dijimos antes, un sueño familiar.

 

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viernes, 11 de febrero de 2022

Custodiando a Evita

  Por esto de ser un entusiasta de los acontecimientos de nuestra localidad he tenido la oportunidad de escuchar muchas historias interesantes e increíbles referidas a Santa Isabel y a sus habitantes. Algunas de ellas las he podido plasmar en charlas grabadas que luego fueron publicadas por distintos medios y formatos, mientras que otras solo quedaron en mi mente. El implacable paso del tiempo y la inevitable llegada de la muerte provocan que los protagonistas de esas historias ya no estén para volver a contarlas con todos los detalles. 

 El siguiente relato solo está en mi recuerdo de charlas informales que alguna vez tuve con Antonio Carlovich, Pocholo. Lo tienen a él y a José Bolognese, Bolo, recordados vecinos de Santa Isabel, como protagonistas exclusivos y llega a estas letras con distorsiones producto de mi memoria que solo ha retenido algunos pasajes de importancia. De todas maneras, bien vale recordarla con los pocos elementos que poseo. Pocholo me la contó en dos oportunidades y Bolo la corroboró, todo en distintos momentos de fines de la década de 1990 y principios de la de 2000.

 El 26 de julio de 1952 es la fecha oficial del fallecimiento, tras padecer cáncer de cuello uterino, de María Eva Duarte de Perón, Evita, líder indiscutible del peronismo y referente del feminismo en Argentina. La gente siguió las alternativas del agravamiento de su estado de salud a través de los boletines que emitía Radio del Estado y fue así que, pasadas las 21:30 de ese día, el locutor Jorge Furnot anunció: "Cumple la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20 y 25 ha fallecido la señora Eva Perón, jefa espiritual de la Nación".

 Por esos días Pocholo y Bolo estaban cumpliendo con el Servicio Militar Obligatorio en distintas reparticiones de las Fuerzas Armadas cercanas a la ciudad de Buenos Aires y la casualidad quiso que ambos, estando de franco y vestidos con el atuendo de conscriptos en la mañana siguiente al anuncio, se encontraran en una de las calles más concurridas del centro porteño.

 Más allá de los anuncios oficiales, el rumor que estaba en las calles indicaba a la sede del Ministerio de Trabajo y Previsión, actualmente la legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como el lugar elegido para el velatorio. Eva había trabajado allí, diariamente, desde el año 1947.

 Hacia allí, a pocas cuadras de su encuentro fortuito, se dirigieron nuestros protagonistas; solo para curiosear.

 Al llegar ya había gente reuniéndose frente al edificio de Perú 160 y, aunque ellos se mezclaron en medio de la incipiente multitud, su ropa se destacaba entre la de los civiles presentes. Es por eso que un militar los llamó, les ordenó ingresar al edificio y les asignó una misión específica: custodiar el féretro en el que se hallaba, ya preparado, el cuerpo de Evita, en el Hall de Honor ubicado en el primer piso.

 Parados y en silencio a cada uno de los costados del ataúd fueron observadores, por un largo tiempo, de cómo se ultimaban los detalles para el inicio de las exequias. En un momento determinado se produjo un movimiento inusual de los colaboradores que allí se encontraban y apareció la figura del Presidente de la Nación, Juan Domingo Perón, quién se dirigió hasta el cajón, frente al cual permaneció por varios minutos.

 Un rato más tarde, Pocholo y Bolo fueron desligados de la orden que les había sido impuesta e invitados a retirarse. Cuatro granaderos los reemplazaron, se apostaron a ambos costados del féretro y, ese domingo 27, a las 11 de una mañana lluviosa, se habilitó la capilla ardiente en donde ya las ofrendas florales se contaban por centenares. Al lado, en el Salón Dorado, se encontraba Perón.

 Así se inició un velorio que duró 16 días, uno de los más largos de la historia. Dos isabelenses, sin proponérselo, participaron de los preparativos.


(Raúl Pellegrini)

Fuente consultada y fotografía: https://www.infobae.com/sociedad/2019/07/26/los-16-dias-de-funerales-de-evita-como-se-embalsamo-el-cuerpo-los-deseos-no-cumplidos-de-la-familia-duarte-y-el-llanto-de-peron/

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domingo, 29 de noviembre de 2020

Restos de una estación espacial en Santa Isabel

En la fresca madrugada del 7 de febrero de 1991, aproximadamente a las 01:00, el cielo se encendió con múltiples líneas luminosas, a modo de abanico, que lo recorrieron desde el sudoeste hacia el noreste y se escucharon diversas explosiones de baja frecuencia, como las que quedan después de los rayos, una especie de truenos largos. 

Las pocas personas que vieron el fenómeno desde Santa Isabel se fueron a dormir sin saber qué había pasado exactamente. Ese día nada dijo la prensa sobre ese fenómeno. Recién un día después las noticias de los distintos medios nacionales dieron cuenta de lo acontecido: no eran objetos voladores no identificados tripulados por alienígenas, tampoco aerolitos, ni cometas. Eran los restos de una nave creada por el ser humano.

Se trató de la caída en una accidentada trayectoria y luego de haber orbitado la tierra por más de nueve años -tres más de los previstos- de la estación espacial rusa Salyut 7 en territorio argentino, la vieja antecesora directa de la estación MIR.

Fue la última estación de la serie Salyut (que en ruso significa saludo) la que albergó a once tripulaciones, entre los cuales se encontró la segunda mujer en el espacio y también hubo varios cosmonautas de otros países como Francia e India. Antes de ser reemplazada por la MIR, sirvió como base de numerosos experimentos y pilar para batir récords de permanencia en el espacio.

Al mejor estilo de los rusos, la Salyut 7 fue lanzada bajo el más estricto secreto el 19 de abril de 1982 con la finalidad de reemplazar a la Salyut 6 que tan buena performance había tenido. Poseía dos puertos de acople para naves tripuladas Soyuz y cargueros Progress, una longitud de 14 metros y un peso de 80 toneladas.

En distintos lanzamientos la Salyut 7 fue poblándose e intercambiando astronautas listos para batir un nuevo récord, además de realizar experimentos en astrofísica y astronomía.

Mientras tanto, en febrero de 1986 la Unión Soviética puso en órbita una nueva estación, mucho más moderna destinada a reemplazar a la Salyut 7, denominada MIR. La MIR fue ensamblada en órbita al conectar de forma sucesiva distintos módulos enviados por separado.

Mientras en la MIR se sucedían los primeros éxitos, la Salyut 7 continuaba en órbita sin tripulantes, hasta que su vida útil terminó en 1991 y los rusos decidieron sacarla de órbita. El 9 de febrero de 1991 la Salyut 7 reingresaría a la atmósfera y se desintegraría.

La vieja estación estaba destinada a caer en el Océano Pacífico Sur al término de su vida útil, pero los controladores rusos se vieron en problemas y no pudieron impedir que los restos de la nave se regaran en una larga lonja del centro de la Argentina, especialmente en las provincias de Santa Fe y Entre Ríos.

Muchos de estos restos fueron recuperados. Entre otros escombros, pueden verse circuitos eléctricos, una ventana de lo que parece ser vidrio muy grueso, una escotilla completa y distintos trozos metálicos. Algunos de ellos fueron reunidos en el Observatorio de Oro Verde a 10 Km. de Paraná en Entre Ríos, en donde están exhibidos al público. Pero muchos otros trozos se encuentran diseminados en distintas localidades del sur de Santa Fe y parte de Entre Ríos.

En Santa Isabel algunas personas vieron este fenómeno que no había sido informado a la población ya que sucedió en forma imprevista.
Pero sólo varias semanas después se supo
del peligro en que estuvimos. En el campo de Mercé (Oscar y Juan José), a poco de haber comenzado a cosechar la soja en un lote que está detrás de la casa familiar, desde arriba de la cosechadora pudieron divisar un objeto metálico, una especie de chapa gruesa de unos 50 x 50 cms y de extraño formato. Se encontraba a apenas cien metros de la casa.

En ese momento la chapa combada y con una soldadura realmente imposible de imitar con los métodos tradicionales, circuló por distintos ámbitos públicos y privados, en donde pudo ser observada por todos los curiosos.

La sometieron al desgaste de una amoladora, pero el material es de una dureza tal que es casi imposible poder cortarlo, mientras que el disco se gasta, la chapa queda casi sin cortarse.

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viernes, 19 de febrero de 2016

Recuerdos de la Escuela 179

Por Norberto Oscar Dall’Occhio

- En la década de 1940 la Escuela Provincial Nº 179 tenía solamente cuatro aulas. Como la enseñanza primaria completa duraba seis años y por lo tanto había seis grados, el Colegio estaba obligado a utilizar dos salones alquilados para los turnos mañana y tarde. Una de las salas estaba ubicada en la manzana de enfrente, en la calle José Ingenieros. La otra, sobre Sarmiento, al lado de la casa de la familia Benso.


- En 1945 se inauguraron los juegos infantiles, que abarcaban un inmenso espacio en el terreno (Sarmiento esquina Paraguay) ubicado al costado del edificio de la Escuela. El Director del establecimiento educativo en ese entonces era Manuel Farías.


El acto inaugural de los juegos constituyó un verdadero acontecimiento al que concurrieron invitados especiales, docentes, alumnos y familiares de los escolares. Estuvo presente también el cuerpo de Boy Scouts de Santa Isabel, de reciente creación, dirigido por el docente Roberto Chufardi.


En el patio central se realizó una excelente demostración gimnástica a cargo de alumnos de la Escuela, quienes lucían un hermoso uniforme con pantalón azul y casaca blanca. Los protagonistas, mientras hacían la representación, cantaban la Marcha del Deporte. Acto seguido esos mismos alumnos comenzaron a utilizar los distintos juegos, dando por inaugurado oficialmente el nuevo parque infantil.


- Hasta el año 1946 al finalizar el año lectivo se solían organizar veladas artísticas con la participación de alumnos de los distintos grados. Había actuaciones personales y grupales de los chicos mediante la presentación de algún sketch. También interpretaban dramatizaciones de temas con sabor local. Los libretos eran escritos por la maestra del grado.


El acto se llevaba a cabo en el Patio de la Escuela y a veces en el Salón de la Sociedad Italiana. Estas aplaudidas veladas contaban con la asistencia de una numerosa concurrencia de gente del pueblo, de los padres de los alumnos, de docentes y de escolares que colmaban las instalaciones.


- Los festejos del Día de la Primavera, que consistían en un picnic a la canasta, se hacían generalmente en la vieja cancha de General Belgrano. En una oportunidad se realizó en el monte de la familia Carpi, en la zona rural.


- En la primavera de 1946 alumnos de quinto y sexto grado con el apoyo de docentes, organizaron un interesante viaje de extensión cultural de cinco días de duración a las ciudades de Santa Fe y Paraná. Los chicos con bastante anticipación empezaron a ahorrar moneditas que las maestras iban depositando en la Caja Nacional de Ahorro Postal (por intermedio del Correo local). Ese dinero era para cubrir algunos gastos de viaje. Cada alumno debía aportar alrededor de diez pesos moneda nacional. Como valor de referencia digamos que la Revista Billiken en ese entonces costaba 20 centavos. Las maestras Berta de Carra y María Esther Serratti acompañaron a los alumnos durante todo el viaje. La excursión se realizó en tren con el recorrido Chapuy-Rosario y Rosario-Santa Fe y viceversa.


La excursión a Paraná se efectuó en balsa y la delegación tuvo la oportunidad de conocer el antiguo puente colgante de la ciudad de Santa Fe y el hermoso Parque Urquiza de la capital entrerriana.

 Parte de la delegación de alumnos de 5º y 6º grado de la Escuela "Bartolomé Mitre" que en 1946  realizó una excursión a las ciudades de Santa Fe y Paraná. De pie arriba, de izquierda a derecha: Mabel Carrea, Elda Madruga, Elba Peralta, Noemí Flamini, Elsie Perna, desconocida, Formento, María Siarrusta y Elvira Magurno. En el centro: Delavalle, González, Carlos Gavio, Domingo Cutilo, Rodolfo Dedominici, Omar Diez y Oscar Brondello. Abajo, agachados: Enrique Criado, Norberto Oscar Dall'Occhio, Alfredo Colombo,  Gerardo "Lalucho" Zanotti, Raúl Lantaret, Antonio Ducay y Dolly Defilippi (foto fue tomada en el lugar de residencia en la ciudad de Santa Fe).

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viernes, 3 de enero de 2014

La vieja cancha Azulgrana.

Publicado en "www.red-belgrano.com.ar" - 12/12/13

Por Norberto Dall'Occhio
   

  Muchos hinchas de General Belgrano recuerdan con cariño y con cierta nostalgia la vieja  cancha  que el Club tenía “detrás de la vía”, como suele decirse, aquella que tantos simpatizantes tienen en sus memorias.

  Desde  su fundación  en 1916  y  hasta  1926, General  Belgrano practicaba fútbol pero no tenía cancha propia  y lo hacía  en terrenos prestados.  En 1927  adquirió una manzana ubicada entre las calles Sarmiento, Misiones, San Martín y Chaco, donde se instaló el campo de juego, hasta que se compró, en la década de 1960, los terrenos donde actualmente están las  nuevas instalaciones y por entonces el club resolvió fraccionar y vender el terreno de la antigua cancha para recaudar fondos destinados a la nueva inversión. Muchos socios adquirieron buena parte de esos  lotes, que más adelante pasaron a manos de la Comuna a fin de que en ese sitio se construyera el barrio de viviendas FONAVI.

  Pasado un tiempo, en una de las esquinas, se construyeron los vestuarios, la boletería y otras dependencias que servían como vivienda a los cuidadores de la cancha. Entre los cuales se recuerdan, “La Macha” Ferreyra y el “Negro” Paulini, dos destacados jugadores  azulgranas.

  Los  belgranistas  guardan muy  gratos recuerdos de ese viejo estadio, que fue escenario de importantes acontecimientos deportivos. En las décadas de los 40, 50 y 60, cada 9 de julio, el Club organizaba un atractivo torneo relámpago, de dos días de duración en el cual participaban ocho equipos de la zona y donde se ponían en disputa hermosos  trofeos y medallas.

  Continuando con los partidos que se disputaban en la antigua cancha, se destacaban por la gran rivalidad, los clásicos con  Juventud Unida, como así también los duros enfrentamientos con  Sportsman de Villa Cañás. Principalmente esos encuentros generaban una gran expectativa en la gente del pueblo y de la zona, provocando una enorme concurrencia de público al espectáculo, que colmaban la capacidad del estadio.

  Cambiando el rumbo y yendo a las características del terreno, se puede contar que dentro de él había que ubicar el campo de juego, los vestuarios, el  alambre, o tejido olímpico, y el público. Por las dimensiones que tenía el lote, el diseño del perímetro de la cancha se hizo sobre la base de las  medidas mínimas establecidas en los reglamentos que rigen el fútbol, era denominada una “cancha chica”, como se dice en el lenguaje futbolero. Pero no solo lo era  para los jugadores, sino también para  el público. Los espectadores, por el poco espacio disponible, estaban  muy cerca de la línea de cal, a solo unos dos metros. La proximidad de la gente, sumado al calor de la lucha deportiva, a veces levantaba la temperatura del ambiente y creaban un clima muy tenso en el estadio. Durante el desarrollo del juego, los futbolistas tenían ciertos inconvenientes para ejecutar los tiros de esquina, ya que les resultaba difícil darle precisión a la pelota por el poco lugar para tomar distancia y lanzar el centro. Por su parte, los espacios destinados a los hinchas eran muy estrechos, especialmente en los sectores donde estaban los arcos.

  Hasta principios de 1.940 el campo de juego estuvo rodeado tan solo por un hilo de alambre liso, sostenido por postes, a fin de fijarle un límite a la concurrencia y evitar que se metieran dentro de la cancha. Existen muchos recuerdos de aquella época sobre triunfos épicos, días de gloria, peleas, corridas y transgresiones. En ciertas oportunidades, cuando se convertía un gol importante, algunos hinchas eufóricos y descontrolados, pasaban el hilo de alambre, evadían el control policial y salían corriendo para abrazar al autor del tanto. Otro descontrol aparecía cuando se iba a patear un penal, simpatizantes que estaban cercanos al arco, sobrepasaban primero el alambrado, la raya de cal y se metían imprudentemente dentro de la cancha invadiendo el área grande para ver de cerca el disparo desde los doce pasos. ¡Para qué hablar de lo que ocurría si el arquero atajaba el penal y daba rebote! Una confusión total, entrevero  de jugadores, mezclados con el público, gritos, una pelota en juego y un árbitro desorientado. Un tiempo después, para una mejor protección y para mantener el orden, se colocó como divisorio un grueso tejido olímpico en reemplazo de ese franqueable hilo de alambre. Continuando con la descripción del estadio, se puede decir que tenía cierta protección de los vientos, puesto que los cuatro costados que daban a la calles estaban cubiertos, además de los tejidos, por un espeso cerco de ligustros de hojas anchas y de gran altura, que impedían la visual desde las veredas. En algunos sectores destinados al público, el espacio resultaba tan reducido que cuando se desplazaban, debían hacerlo en “fila india”.

  El  problema mayor estaba detrás de los arcos, porque lo que cumplía la función de red permanente, era un grueso tejido de alambre en reemplazo de la tradicional de piolines. Por la escasez de espacio en el campo de juego, los caños que sostenían el arco y la mencionada red, invadían un metro el sector del público, por ese motivo, detrás de cada arco se producía un gran congestionamiento de gente que se desplazaba de un lugar a otro.

  Para evitar cualquier provocación al arquero, siempre al costado del arco y dentro de la cancha, pero detrás de la raya, se colocaba un agente de policía para  mantener el orden y proteger al portero. Debido a las particulares características del estadio y su entorno durante  algunos partidos trascendentes, el espectáculo que se apreciaba en el campo de juego era muy particular, se jugaba dentro de un ambiente con ánimos bastantes caldeados, los jugadores tenían frecuentes roces y discusiones con sus rivales, sumados a las airadas protestas al árbitro y los gritos del público.

  Lo descripto era el encuadre y la atmósfera especial que se vivía generalmente en esa vieja cancha, cuando General Belgrano jugaba en su condición de local, allí el equipo azulgrana se agrandaba y se hacía fuerte, era un reducto complicado para cualquier escuadra visitante, que valoraba mucho un triunfo en la recordada y difícil cancha chica del Ciclón.

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domingo, 29 de diciembre de 2013

Una maravilla de la tecnología.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 87 - 16/04/08

  La televisión argentina nació el 17 de octubre de 1951 con la transmisión de un acto de Eva Perón, realizada para unos pocos cientos de aparatos por el flamante Canal 7 que tenía su antena instalada en el edificio del Ministerios de Obras Públicas, en la avenida 9 de julio, de la ciudad de Buenos Aires. Con el correr del tiempo la gente empezó a interesarse por la posibilidad de compra de un aparato de TV. En Santa Isabel este interés se vio menguado por la dificultad para captar la señal debido a la distancia que nos separan de Buenos Aires. Sin embargo, a finales de la década de 1950, se encendió el primer televisor, blanco y negro, en la Heladería y Bar de Mario Miculán (foto, con su dueño Mario Miculán), que estaba en el local de la desaparecida Sociedad Española, en calle Belgrano, entre la Iglesia Santa Isabel de Portugal y el también desaparecido Prado Español. Testigos de aquel tiempo relatan que eran muy pocas las veces en que se podían distinguir las imágenes.

 Más adelante, el 18 de noviembre de 1964, se iniciaron en Rosario las transmisiones de Canal 5 y luego, el 20 de junio de 1965, las de Canal 3. Es entonces cuando los isabelenses comenzaron a interesarse más por la televisión ya que estas señales podían captarse con mayor facilidad. De todos modos era necesario instalar sobre el techo de cada hogar una torre de unos 15 m. de altura para colocar la antena; y aún así, en algunos días, las imágenes se desvanecían o, por el contrario, según las condiciones atmosféricas, solían tener interferencias de otras emisoras más lejanas. Eran poco frecuentes las veces en que se podía ver televisión en forma óptima.

 De esta manera el cielo isabelense se fue poblando de infinidad de torres metálicas en las que, además de las antenas dirigidas a Rosario, se solían colocar otras, dobles, hacia Buenos Aires para captar, cuando se podía, no solo Canal 7, sino también el 9, el 11 y el 13 que ya estaban en el aire. Muchas de estas torres todavía continúan montadas.
Mario Miculán junto a su nuevo televisor.

 En 1978, ante la llegada del campeonato mundial de fútbol se inauguraron las repetidoras de los canales rosarinos en Venado Tuerto y Rufino. A cambio, en toda la región, los propietarios de televisores debieron pagar un dinero en varias cuotas. Pero esa es otra historia.



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El indómito león Togo.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 84 - 27/11/07

 La llegada de un circo en el invierno de 1962 prometía cambiar el letargo del Santa Isabel de aquel tiempo, en el que los divertimientos eran escasos comparados con la actualidad. Por eso, esa noche del debut, el público casi que había cubierto las localidades de la modesta carpa que había sido instalada, como era habitual, en la esquina de Brasil y Mitre. Era en un descampado que alcanzaba a toda la manzana que completaban las calles Sarmiento y Corrientes, frente al terreno del ferrocarril que tenía un monte de eucaliptus.


 La publicidad había entusiasmado a la gente a llegarse a esa función inaugural. Una camioneta tirando un carromato jaula que exhibía un león en su interior había recorrido el pueblo mientras anunciaba el número más importante: "...¡No se pierda esta noche la presentación del indómito león Togo!!", decía el locutor.


 Todo transcurrió dentro de la normalidad en la primera parte de esa noche circense. Pasaron payasos, magos y equilibristas que hicieron reír y asombrar al público compuesto por personas de todas las edades. Hasta que llegó el momento esperado, el número con los leones.

 Los asistentes armaron en la pista una gran jaula con una manga enrejada a la cual atracaron un primer carromato. Abrieron la puerta y un león -posiblemente Togo- bajó del mismo y caminó sin problemas hasta el centro, en donde ya estaba esperándolo el domador. Después colocaron otro carromato y trataron de repetir la operación con un segundo animal. Pero éste estaba echado en el piso y sin intenciones de moverse. Para que se bajara, los asistentes golpearon los barrotes y el techo del aparato y lo azuzaron con un palo... pero nada, el león seguía en el piso. Por eso el domador salió de la jaula dejando solo al primer animal y fue a ayudar para lograr el cometido.

 Mientras estaban en esa faena, el león que aburrido daba algunas vueltas en la jaula de la pista, se metió en la manga rumbo al carromato. Ante esto, los asistentes cerraron la puerta impidiéndole el paso para que no suba al aparato, por lo que el animal, al querer volverse hacia la pista, como la manga era angosta, se paró sobre una reja que cedió un poco y dejó una abertura. La fiera aprovechó la ocasión, se coló a la parte trasera de la pista y comenzó a caminar hacia el público.

 Cuando la gente se percató de la situación, primero los más cercanos, comenzaron los gritos y las corridas hacia la salida. Los que estaban frente a la jaula y a la manga tardaron un poco en darse cuenta porque las rejas les daba una falsa sensación de seguridad. Igual todo el mundo salió de la carpa en medio de una batahola descomunal ganando la calle y corriendo en distintas direcciones, especialmente hacia el centro del pueblo o, algunos chicos, subiéndose a los árboles.

 El león, que parece que no era tan indómito, mientras todos corrían, salió muy tranquilamente por la parte de atrás de la carpa destinada al movimiento de los artistas, hacia el descampado, donde el personal del circo lo atrapó y lo volvió a poner en el carromato. Pero a esa altura de la circunstancia la gente ya había huido despavorida. La mayoría estaba, expectante, a 150 metros, en la esquina de Mitre y Santa Fe. Desde allí, después de un tiempo, escucharon al locutor que por los parlantes los llamaba: "Regresen, ¡la bestia ha sido capturada!", decía.

 Con un poco de recelo, el público fue regresando de a poco. Y antes de continuar con la función devolvieron las cosas que en el desorden de la estampida la gente había perdido: "¡Se ha encontrado un zapato marrón de dama!... "Acá hay un birrete de conscripto!...", "¿Quién es la dueña de esta cartera negra?!..."

 Después retornó el espectáculo. Finalmente actuó el león Togo, dieron una obra de teatro típica del circo criollo y finalizó aquella función que quedó grabada en la historia. 

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viernes, 27 de diciembre de 2013

Corso con efecto dominó.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 75 - 20/02/07

 Este es un tiempo en el que la fiesta de carnaval pasa totalmente desapercibida en nuestra localidad, aunque hasta hace muy poco se han organizado algunos corsos.

 Si bien es imposible saber con precisión en que fecha se comenzaron a realizar estos festejos en Santa Isabel, hay fotografías tomadas en 1925 que muestran disfrazados y carrozas adornadas para la ocasión. 

 Pero la historia que nos interesa y que se cuenta como verdadera, con algunas variaciones, sucedió mucho más adelante en el tiempo, en un año incierto de fines de la década de 1960 o principio de la de 1970. Era el tiempo en que todavía se jugaba con agua y no solo en los corsos. Cualquier día de carnaval y a cualquier hora se podía llegar a recibir un baldazo de agua. Las guerras entre chicos y chicas, niños, adolescentes y jóvenes - y a veces también entre gente más grande- eran moneda corriente y una sana y alegre manera de divertirse. La serpentina y el papel picado aún seguían siendo los elementos más usados para tirarle a los disfrazados, a las carrozas o al sexo opuesto, y los pomos de plástico para agua, de distintos tamaños y colores, eran el furor. No existía la nieve loca y los globitos recién empezaban a aparecer.

 Luego de su reapertura, el Hospital Miguel Rueda era la institución organizadora de los corsos aunque a veces se lo concedía a alguna otra entidad. También era la propietaria de unos postes cuadrados que, pintados de varios colores, en la parte superior formaba una "V" llena de lamparitas por arriba y por abajo. Esos palos, que sostenían las bocinas para el sonido y llevaban adosados unas chapas circulares con caricaturas pintadas, se colocaban en el centro de la calle formando una avenida por la cual circulaban las carrozas y los automóviles -que pagaban entrada para estar en el corso- en una especie de vuelta del perro sin fin.

 Esa vez se organizó en calle San Martín, desde Santa Fe hasta José Ingenieros. Sobre la calle pavimentada se habían colocado los palos sostenidos en la base por tubos de cemento llenos de arena adonde se los había plantado, tal como era el sistema. Por ellos -5 o 6 por cuadra- pasaban los cables para encender las lámparas y conectar las bocinas. Después de algunas noches de éxito se decidió extender el corso una cuadra más, hasta Paraguay, esta vez en una calle de tierra y con otros postes enterrados en el centro de la calle. 

 Se acercaba un nuevo fin de semana que se perfilaba con muy buen tiempo para concentrar a mucho público en otra noche "carnestolenda", como se decía. Pero el destino fatal quiso que una tardecita calurosa avanzara por José Ingenieros una cosechadora que, al pasar por la esquina de San Martín, enganchó, sin que el conductor se diera cuenta, uno de los cables del corso que cruzaba la bocacalle... Sobrevino el desastre... El primer poste, que estaba sobre la esquina, cayó cerca de la vereda contraria al Club Juventud. Este tiró de los cables y arrastró al segundo, este otro al tercero y así sucesivamente. Una especie de efecto dominó se había activado.

 Se cuenta de señoras que buscaron refugio en el umbral más cercano y que varios parroquianos que estaba disfrutando de un aperitivo en la vereda de un bar de San Martín al 1200 (hoy una heladería) cuando vieron venir la ola de postes dejaron los tragos y vituallas sobre la mesa y corrieron a guarecerse al salón. 

 El efecto solo se detuvo cuando, al llegar a Santa Fe, cayó el último de los postes. No hubo heridos ni mayores daños, pero los organizadores del corso debieron dedicar trabajo extra para levantar todo lo caído contra reloj para brindar otra noche de carnaval. 

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Arbolito en el mástil de la plaza.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 74 - 20/12/06

 Para la Navidad de 1975 por iniciativa de varias personas y de la Comuna se armó un arbolito en el mástil de plaza 9 de Julio que, por las noches, encendía luces y en lo alto una estrella de Belén. En la foto aparecen, entre otros, Cirilo Colomba (izq. con casco), "Tito" Lamelza (arriba), Oscar Severini (en la escalera), Serafín Rende (teniendo la escalera) y tantísimos chicos que, hoy mayores, seguramente se reconocerán.












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El Rubio de la Galera.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 67 - 05/05/06

 José Arredi, apodado el "Rubio de la Galera" fue, en los comienzos de nuestro pueblo, una figura muy conocida por el trabajo que realizaba. Como tantos otros de aquellos tiempos, su historia comienza en Europa, más precisamente en Novi Ligure, Italia, cuando nació en abril de 1879. Como tantos otros también, viajó solo a la Argentina en busca de nuevos horizontes. Luego de un largo viaje en un barco llamado "Reina Elena" llegó al país y se afincó en Villa Cañás, en 1904. 

Su cuñado, Juan Pisani tenía en ese entonces una galera con la que trasladaba correspondencia y pasajeros entre Carmen y Villa Cañás, pero para hacer más fácil el trayecto, para poder realizar el recambio de caballos y continuar el viaje, decidió alquilar una quinta, que muchas décadas después se la conoció como la quinta de Fabián, ahora en ruinas, ubicada sobre Avenida Santa Fe, detrás de la cancha del Club Belgrano.


 Arredi, por consejo de su cuñado fue a vivir a ese lugar y también compró una galera, más pequeña, con la que también transportaba correspondencia y pasajeros.

 Su nieta, Elba Fachini nos cuenta que esto ocurría cuando Santa Isabel recién había nacido, y que su abuelo comenzó a realizar estos viajes desde las estaciones de Chapuy y de Otto Bemberg (mucho después llamada Rastreador Fournier) a Santa Isabel, entregandole la correspondencia a quien ejercía de estafetero, el Sr. Rafael Di Giorno, y dejando los pasajeros en la fonda de Basignani que estaba situada en Santa Fe y Mitre, adonde ahora hay una carnicería. 

 Estos trayectos los hizo durante muchos años. Primero cuando se construía el ferrocarril, llevando y trayendo a la gente que trabajaba en la obra y luego a los pasajeros que llegaban a esas estaciones. Era un trabajo que le dejaba buenas ganancias.

 Tal vez por eso, una noche fue asaltado por la banda del Pibe Cabeza y, además de recibir un golpe en la nuca con la culata de un revólver, que lo llevó a consultar inmediatamente al médico del pueblo, también se hizo acreedor de amenazas de muerte para él y su familia si tenía la ocurrencia de realizar la denuncia policial.

 Después de esto, el Rubio de la Galera ya no quiso seguir con el negocio. Viajó un tiempo más acompañado por alguno de sus hijos y luego vendió el carruaje, allá por 1930, al Sr. Lori, quien siguió transportando la correspondencia de la localidad.

Foto ilustrativa.

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jueves, 26 de diciembre de 2013

Oscar Severini.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 62 - 20/10/05

 Esta sección nunca estaría completa si no tuviera alguna referencia a Oscar Severini, un artista isabelense al que, quienes lo conocieron, recuerdan siempre con cariño por su personalidad y por sus trabajos.

 Nacido en nuestra localidad el 9 de octubre de 1929, Oscar trabajó en varias tiendas como "La Rosarina" o "Casa Ducay". También, junto a Juan Forneris siendo conserje del Club Belgrano. Pero durante 36 años se lo vió frente a la consola de Teléfonos del Estado, luego Entel, trabajando como operador, en tiempos en que las comunicaciones no eran automáticas y había que pedir la comunicación para poder hablar. Los usuarios telefónicos de aquel entonces seguramente no habrán olvidado su voz en medio de las comunicaciones de larga distancia. "Hablaron, hablaron", decía cada tanto para saber si aún se mantenía el contacto. 

 Su faceta más importante en la sociedad fue la del espectáculo y la del arte, brindando su colaboración y talento en todas las instituciones que se lo solicitaran. Así participó en muchísimas puestas en escena, musicales o teatrales, que lo tenían como gran protagonista. Por sus dotes de bailarín, junto a su esposa "Coqui", descollaba en los escenarios locales con cualquier ritmo. Por ser dibujante y letrista realizaba infinidades de escenografías. Los carnavales de los '60, organizados por el Hospital luego de su reapertura, tuvieron el sello de Oscar, ya sea porque participaba en la construcción de carrozas o por la creación de decenas de caricaturas que luego eran colocadas en lo alto de los postes del alumbrado de los corsos.

 El actual altar de la iglesia Santa Isabel de Portugal y "la Glorieta" fueron diseñadas por él. También fue integrante del grupo que creo el parque Pinochoi y, a fines de los '70, cuando se rediseñó, pintó infinidad de caricaturas en las paredes que lo rodeaban. En diciembre de 1974 armó un árbol de navidad en el mástil de la plaza... y así siempre. Su figura no podía faltar en los festejos -como los de los Juanes, Pedros y Pablos que se realizaban en los '70 y '80- o donde hubiera creación. Infinidad de fotografías dan cuenta de ello, como la de esta nota, sacada el 30 de diciembre de 1953, en la que se lo ve dando toque finales a una caricatura (de Divito - Gentileza Banco de Imágenes de Santa Isabel) pintada sobre una pared del patio de la sede del Club Belgrano. No alcanza el espacio para describir todas las cosas en las que trabajó.

 Oscar Severini falleció el 16 diciembre de 1984 dejando un sinfín de gratos recuerdos y de buenos ejemplos a los isabelenses. 

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Arreglador de pelotas

Publicado en "Acercar a la Gente" N° 56 - 23/02/05

 La imagen de Don Juan Stiepovich cociendo pelotas de fútbol en su pequeño taller es una estampa imborrable de la niñez de muchos isabelenses.

  Hijo de croatas en Argentina, realizó tareas rurales en campos de la localidad hasta 1956, momento en que se trasladó con su familia a la zona urbana donde tuvo venta de pan y también taxi. A principio de la década de 1960 comenzó a realizar trabajos para la Cooperativa Unión y Fuerza hasta jubilarse en 1973. Es en sus años de jubilado que desarrolla esta actividad tan particular como recordada y de la que fue el único en realizarla en Santa Isabel.

 Stiepovich, que fue arquero del equipo de Juventud Unida que en 1932 salió campeón de la Liga del Sud, se dedicó a reparar pelotas de fútbol a partir de las que se les rompían a su hijo y sus amigos que jugaban en un terreno frente a su casa. Ellos habían comenzado a repararlas y Don Juan, se inició en el trabajo para ayudarlos pero terminó haciendolo en forma continua y como un ingreso que se sumaba a su jubilación.

 Por aquel tiempo las pelotas de fútbol eran de cuero con cámara de goma. Con suma prolijidad hacía nuevas costuras donde estas habían cedido, cambiaba los gajos de cuero roto, cambiaba las cámaras o partes enteras del casco de las pelotas. Entre sus clientes no solo estaban los chicos si no también los clubes que comenzaron a llevarle trabajo.

 Falleció en 1990 a los 82 años.


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La pileta de Belgrano.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 55 - 16/12/04

 En el verano de 1968/69, mientras se encontraban en el natatorio de la localidad de Teodelina, a un grupo de familias simpatizantes del Círculo Social y Deportivo General Belgrano les nació la idea de la construcción de una pileta para su Club y nuestro pueblo. 

 Luego de ser presentadas a las autoridades de la Institución, la iniciativa comenzó a crecer en entusiasmo hasta formarse una Sub-Comisión de Pileta cuyos precursores fueron Ángel "Lili" Benso y Osvaldo "Nene" Farrando con la participación de Luis Perdomo, junto a un gran número de adherentes.

  Con la finalidad de recaudar los fondos necesarios se pusieron en venta distintos ciclos de temporadas por adelantado mientras que se gestionó un subsidio provincial solo para natatorios olímpicos que ofreció el entonces senador Sr. Rafael Pasquinelli. Esta última posibilidad aumentó las ambiciones del proyecto, por eso se realizaron rápidos contactos con la empresa constructora Catalini y Gómez de Villa Cañás, que en aquella época se encontraba pavimentando algunas calles de nuestro pueblo.

 Esta empresa finalmente llevó a cabo la obra que quedó habilitada a principios de 1970, en enero, siendo hasta el momento una de las más importantes de la zona con 50m. de largo por 20 m. de ancho, con una profundidad de hasta 2,50 m., y con una capacidad de alrededor de 1.500.000 lts. La inauguración oficial de la pileta olímpica se llevó a cabo el 14 de febrero de 1971.


Con lo recaudado de las ventas de las temporadas se edificaron los baños vestuarios (actualmente parte la casa de la familia de los cuidadores de Polideportivo) y la pileta. Con ramas de eucaliptus y cañas se levantó un quincho que se usaba como bufet, siendo su primer conserje Juan Bilós. Asociados y simpatizantes de todas las edades y ambos sexos colaboraron en distintas labores destinadas a limpiar, ordenar y mejorar la reciente obra.

Cuando se recibió el subsidio provincial se levantaron nuevos y más amplios vestuarios y el bar, y además se realizaron mejoras en la sede del Club.

Como datos anecdóticos se recuerda el día de la habilitación, de baja temperatura para el mes de enero, en el que las primeras personas en ingresar al agua fueron los Sres. Juan Lombardi y Francisco -Franco- Pellegrini. Por otra parte se recuerda al profesor Miguel Ángel Servio quien fue el primer bañero de la pileta y, en la temporada siguiente, lo sucedió el profesor Luis Silvestre, ambos de la ciudad de Venado Tuerto.

Otra particularidad de los primeros años fueron las carnets de asociados a la temporada de pileta en los que constaban los datos de la persona y el correspondiente certificado médico. Al llegar, éste debía entregado en la consergería donde se verificaban los datos, si estaba al día con los pagos, autorizaciones, etc. y se le entregaba a la persona una chapita con un número y un cordel que se colocaba en el traje de baño y permitía el pase a las instalaciones de la pileta.

 Con el correr del tiempo distintas comisiones fueron mejorando el lugar con canchas de distintos deportes -boley, tenis y paddle, entre otras-, mejores instalaciones, parrilleros, iluminación, mayor arboleda y parquización.

El buen cuidado de las instalaciones por parte de las sucesivas sub comisiones de pileta y de autoridades del club han hecho perdurar a la misma a través de las décadas estando aún hoy en perfecto estado de funcionamiento y prestando sus servicios a todos los isabelenses que deseen disfrutar de buenos momentos veraniegos.

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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Los Arrieros

Publicado en "Acercar a la Gente" N° 48 - 27/02/04

 Eduardo Rasello, Analía Tocchetti, Nancy Parodi, Carlos Iglina -de Villa Cañás- y Nelso Omar Jurado conformaron lo que puede considerarse como uno de los primeros grupos folklóricos de Santa Isabel: "Los Arrieros". 

  El conjunto surgió a partir del pedido de un directivo del Club Belgrano que deseaba tener un nuevo número para el aniversario de la Institución en junio de 1973. De tal manera, cuando llegó ese momento el grupo, que realizaba sus ensayos en el hall del Cine Ideal, en la Sociedad Italiana, ya estaba consolidado y realizó su primera presentación con éxito.

  Luego fueron convocados para una nueva presentación a beneficio en otra localidad de la zona donde también tuvieron buena acogida por parte del público. Esto entusiasmó a los integrantes a realizar una nueva apuesta: tocar en Cosquín.

  Desde enero de 1961, fecha de su comienzo, el Festival Nacional de Folklore de la ciudad de Cosquín posee el escenario más codiciado por los músicos del folklore argentino. Para concretar este anhelo enviaron una carta al ente organizador y se contactaron con un ex residente de Santa Isabel, radicado en esa ciudad cordobesa, quien realizó algunas gestiones. Al poco tiempo llegaron noticias que incluían los requisitos para poder actuar, entre ellos les pedían una grabación. Esta se realizó en los viejos estudios de O.P.S.I. y tras ser enviado el cassette, fueron aceptados.

 Por aquel tiempo el Pre-Cosquín se realizaba en el escenario mayor del festival y allí fueron convocados. En enero de 1974 finalmente, con el atuendo que los caracterizaba, pantalón negro, camisa blanca y ponchos rojos con guardas negras, tocaron en la plaza Próspero Molina aquel repertorio que incluía los temas tradicionales de mayor repercusión.

 Esa noche también actuaron decenas de artistas de los que se seleccionó solo uno de cada categoría para pasar al festival mayor. Los Arrieros no lograron superar esa instancia pero marcaron un hito en la historia musical isabelense que aún no ha podido ser imitado: Esa fue la primera y única vez que un grupo musical de Santa Isabel actuó en el escenario mayor de Cosquín. 

 El grupo siguió actuando durante un año más hasta que, por causas particulares de sus integrantes, se disolvió.

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