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jueves, 9 de noviembre de 2023

Alambre tejido chanchero


Por Norberto Oscar Dall’Occhio



 En las décadas de 1940 y 1950 hubo en la zona de Santa Isabel un auge en la crianza de cerdos en las chacras y estancias debido a la permanente demanda de ese tipo de carne animal.

 Los cerdos se alimentaban generalmente con maíz y también con pasto natural. Para esto último se utilizaba algún potrero o un cultivo de alfalfa. El cuidado de los chanchos cuando estaban pastando estaba a cargo de personas. La tarea consistía en evitar que los animales pasaran a un lote vecino y se comieran los sembrados de maíz o trigo. Es decir, había que mantenerlos controlados. Para eludir ese cuidado personal, en la década del 40 se había creado un aparato al que llamaban “boyero eléctrico” que funcionaba conectado con una batería, que electrizaba hilos de alambre en un determinado espacio dentro de un lote del campo. Más adelante se comenzó a utilizar con buen resultado un tejido de alambre que cubría todo el perímetro de ese lugar destinado a alimentar a los porcinos.

 En el pueblo hubo varios emprendimientos destinados a la elaboración de esos tejidos de alambre. El método de confección era de tipo artesanal. Con permiso comunal, en algunas cuadras del pueblo se disponían postes esquineros en cada extremo (un recorrido de cien metros) que servían para tensar varios hilos de alambre en forma horizontal. Luego un operario iba uniendo los hilos verticalmente con un alambre fino. De este modo se fabricaba un tejido de alrededor de un metro de altura, que los cerdos no podían doblegar.

 Este tipo de alambre tejido también tuvo una gran demanda para la construcción de chiqueros en la zona.

 Además representó una fuente de trabajo para mucha gente del pueblo. 

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jueves, 2 de enero de 2014

La epopeya de "La Juntada"

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 111 - 29/06/10  

  Al igual que para miles de pueblos diseminados por la pampa húmeda, las actividades agropecuarias fueron para Santa Isabel el motor que impulsó su nacimiento y desarrollo.

 Nuestro país tuvo un vertiginoso crecimiento entre mediados del siglo XIX y la década de 1930, convirtiéndose en una potencia exportadora de granos, entre ellos el maíz, que le dieron el mote de "granero del mundo". 

Entre monstruosos silos, modernas máquinas agrícolas, que valen fortunas, Internet, GPS, 4x4 y toda la parafernalia tecnológica del sector agropecuario actual, yace la vivencia de la "juntada de maíz a mano", o simplemente "la juntada", tal como se conoció a la cosecha de maíz por un siglo hasta la llegada, a fines del la década de 1950 y principios de la de 1960, de las primeras cosechadoras motrices con plataforma maicera. 

 Esta modalidad de la cosecha a mano, no sólo produjo una inmensa población rural, con una inmensa capacidad de crear trabajo, sino que también hacía funcionar los comercios de los pueblos que debían abastecer a chacareros y a trabajadores de insumos para la cosecha. En Santa Isabel grandes casas de ramos generales fueron las encargadas de mantener el suministro de bolsas, hilos para cerrarlas, combustibles, herramientas, repuestos, aperos y comestibles, entre otras cosas. En los comienzos del pueblo, la más importante fue la de Francisco Salemme cuyo salón de ventas, más tarde, pasó a ser de la Cooperativa Unión y Fuerza con igual finalidad. También se puede mencionar la de Justo Vázquez que cerró sus puertas a mediados de la década de 1950. Había en el pueblo, además, infinidad de boliches y grandes herrerías, mientras florecían las peluquerías y los lugares para alojar a los trabajadores. Hay una versión, nunca comprobada, que dice que Santa Isabel llegó a tener más de 7.000 habitantes, cifra demográfica que era impulsada por la gran cantidad de mano de obra que requería el campo.


  El cultivo del maíz implicaba técnicas diferentes a la del trigo y otros cereales, siendo su cosecha un hecho importante que imprimía en todo el campo una actividad humana, inimaginable en la actualidad, que duraba varios meses, desde marzo hasta junio o más aún.

 Luego de la siembra, realizada según las épocas, con técnicas variadas, pero siempre muy primitivas, y ya crecido el maíz y listo para ser cosechado, llegaban a las estancias o a las chacras los "juntadores de maíz" o "deschaladores" -a veces familias enteras- dispuestos a emprender la tarea por un magro jornal. Además de la mano de obra local, llegaban trabajadores golondrinas de distintas provincias o inmigrantes europeos tratándose, muchas veces, de gente ya conocida por los propietarios debido a que repetían la labor año tras año. En nuestra zona, donde predominaba la pequeña propiedad y el trato era más personalizado con el chacarero, éste los dejaba vivir toda la temporada en sus galpones u otras dependencias, pero en las grandes propiedades o en lugares que no poseían estos lugares, los trabajadores construían para ellos y sus familias una suerte de chozas hechas con palos, con hojas de maíz o chala en las paredes y con techo de chapa que -excepto la chala- duraban de un año para otro. Se estima que entre quinientas y seiscientas mil personas participaban de este tipo de cosecha. Luego la tecnología y la política terminaron con el trabajo del juntador de maíz, quién pasó al olvido.

 Una vez instalados los juntadores, comenzaba la cosecha o juntada, para lo cual se les proveía de un cinto confeccionado con tela de bolsas de arpillera, con varios ganchos destinados a enganchar la maleta; era un cinto bien ancho para evitar que sufriera la cintura del trabajador en el esfuerzo. También se les daba la maleta, que era un gran recipiente de lona de dos metros de largo y cuarenta centímetros de ancho y con su parte inferior hecha de cuero para resistir el desgaste por el arrastre sobre el suelo que se facilitaba cuando, por el roce continuo se ponía bien tersa y lustrosa. Otros elementos eran las bolsas de arpillera para poner las mazorcas o espigas de maíz y la aguja o púa que era una punta de hierro con una empuñadura para proteger la mano del continuo choque contra el filo de las chalas. 

 
 Para llevar adelante el trabajo, los juntadores formaban parejas o yuntas, ya sea de dos hombres o, en caso de familias, el marido y la mujer. Cada yunta tomaba a su cargo una parte del cultivo, que era conocido con el nombre de "la lucha" (de allí el dicho "estar en la lucha"). Eran 20 surcos para deschalar que se comenzaban desde el medio, dirigiéndose cada uno hacia el extremo de los surcos, arrancando con la púa las espigas a izquierda y derecha (de a dos surcos a la vez) y echándolos a la maleta que tenían entre las piernas, la que los obligaba a caminar todo el tiempo con las piernas muy separadas e inclinados hacia adelante. Cuando ésta se llenaba -unos 30 kilos-, la vaciaban en las bolsas que tenían preparadas al final del recorrido donde entraban hasta 100 kilos y repetían la operación llenando nuevamente la maleta y nuevas bolsas. Un juntador de maíz llenaba unas 15 bolsas por día y había unos pocos que eran famosos por llegar a las 20.

 Una vez terminada la "deschalada", una "chata rastrojera" tirada por caballos percherones recorría las luchas de donde se retiraban las bolsas que debían estar bien llenas y hasta con "coronita", es decir con las mazorcas sobresaliendo por arriba, para evitar que el chacarero rezongara. La chata las trasladaba a las cercanías de la "troja" que se estaba armando y, a medida que se descargaban, las bolsas iban quedando al costado de la misma. Al finalizar la jornada se devolvían al chacarero la bolsas vacías, se controlaban las que se habían llenado y vaciado y se anotaba cuidadosamente cuantas correspondían a cada trabajador.

 La troja (o trojes) era una estructura circular de unos 10 metros de diámetro y otros diez de alto, fabricada con cañas de Guinea o con cañas y chala de plantas de maíz; donde se podían mantener estacionados durante un tiempo las espigas recolectadas. Para hacerla se marcaba el círculo (generalmente perduraba el del año anterior) y bien cercano al mismo se plantaba firmemente el "palo mayor" que medía entre 12 y 14 metros de altura y llevaba una roldana en su extremo superior. Luego se hacían las paredes circulares de la troja clavando bien, una al lado de la otra, las cañas o las plantas de maíz recogidas del campo que se reforzaban por fuera con anillos de alambre que llamaban "las riendas" y que tenían la medida de la circunferencia de la troja. Estaban hechas con argollas y ganchos para ser desarmadas fácilmente y guardadas para el próximo año, aunque también había quienes las armaban con alambre y torniquetes, con unos 5 centímetros de separación. A medida que la troja se iba llenando y aumentaba en altura, se iban agregando también más cañas o plantas de maíz y riendas para que las paredes se elevaran en concordancia. La llamada caña de Guinea (conocida como cañaveral) era muy usada porque su medida es de casi cuatro metros, lo que facilitaba el armado de la troja. Aún hoy, en las pocas taperas que sobreviven, producto de la profundización de la política de despoblación y sojización de de los campos, en favor del hacinamiento y la pauperización de la población en los grandes centros urbanos, se pueden encontrar sectores donde crecen estas cañas que eran destinadas a variadas aplicaciones, entre ellas la construcción de trojas.


 Las espigas no se colocaban directamente sobre el piso de la troja, sino que previamente éste era cubierto con una capa de chala de unos 50 centímetros de espesor para evitar que las que quedaban en el fondo comenzaran a brotarse por el contacto con la humedad del suelo.


 El palo mayor se mantenía bien erecto, "a plomo", y firme merced a unos gruesos cables de alambre trenzado que bajaban, bien tensos, desde el extremo superior hasta cuatro postes apuntalados a su alrededor, a unos 35 metros de distancia. Con esta estructura se armaba el mecanismo de carga de la troja, una especie de funicular cuyo riel era un grueso cable tendido desde la punta del palo mayor hasta una estaca clavada en la tierra. El transportador de las espigas era un recipiente conocido como "el carrito" que tenía dos roldanas en la parte superior y una compuerta en la parte inferior con una argolla para atar una soga. El carrito se colocaba colgando de sus dos roldanas sobre el cable-riel de manera que circulara fácilmente sobre él y se le ataba de frente, mirando al palo mayor, una soga de unos 40 metros de longitud cuyo extremo, después de pasar por la alta roldana del palo mayor, se ataba a la cincha de un caballo. Los peones cargaban las espigas en el carrito y el jinete, desde la otra punta, comenzaba a avanzar haciendo subir el carrito hasta estar bien sobre el centro de la troja. Al llegar allí un mecanismo constituido por otra soga hacía que ésta se tensara y que se abriera la compuerta del carrito, descargando el maíz en la troja. Luego, jinete y caballo retrocedían, el carrito bajaba mientras el mecanismo de la segunda soga cerraba la compuerta. El carrito quedaba al pié de la chata restrojera para repetir esta labor una y otra vez hasta terminar con las cargas que llegaban en las chatas.


 Si la cosecha había sido muy rendidora y la troja no alcanzaba para todas las espigas recolectadas, se marcaba una nueva y se trasladaban a ésta los mecanismos utilizados en la anterior.

 Terminada esta tarea las trojas quedaban al aguardo de la desgranadora, una máquina que se situaba cerca de las mismas. Se realizaba una abertura en la base se la troja, sin cortar los alambres y se le arrimaba la noria, un mecanismo con una cinta sin fin que arrastraba los choclos hasta la máquina. Por un efecto de embudo, al chuparse por debajo las espigas, se producía simultáneamente un gran agujero en el centro de la troja que, indefectiblemente la haría inclinar y caerse. Para evitar esto, dos peones se situaban encima de la troja manejando un gran rastrillo horizontal, "el peine", que estaba atado por un cable de acero a un malacate de enrollamientos manejado por el "palenquero" de la desgranadora. Los peones clavaban el peine en las espigas acumuladas y el palenquero accionaba el embrague que recogía, enrollándolo, el cable del peine que de esta manera arrastraba los choclos hacia el agujero rellenándolo de continuo. Inmediatamente libraba el cable para que los peones de arriba de la troja lo clavaran nuevamente para repetir el trabajo.

 La desgranadora, como su nombre lo indica, "desgranaba" el marlo arrancándole los granos de maíz que iba largando por una boca mientras los costureros cosían las bolsas en que se embalaba.


La fuerza que movía a estas desgranadoras era, hasta la década de 1940, un motor a vapor externo que funcionaba de acuerdo a la naturaleza. Los marlos eran usados para la combustión que producía el vapor tanto para desgranar el maíz como, si los había, para la trilla de los cereales del verano. Su poder calórico le daba tiempo al foguista que alimentaba "la grilla" del vapor de tomarse unos mates durante su trabajo porque la pava, colocada cerca de ésta, mantenía el agua siempre caliente. Además los marlos brindaban una combustión más limpia por lo que el ayudante del foguista no debía estar continuamente sondeando los caños de calor como sucedía en la cosecha del trigo si se usaba la paja de este cereal para la combustión.


C on la llegada de los primeros tractores los antiguos motores a vapor fueron reemplazados por estos nuevos aparatos que tenían motores a explosión. A fines de la década de 1930 apareció una nueva desgranadora motriz accionada con motor a explosión. La fabricaba la firma "Melquiot", y siendo sensiblemente más pequeña que las desgranadoras comunes, iba montada sobre un chasis de Ford T. La máquina era tan rápida que un buen costurero no podía seguir su producción, por lo que debían trabajar dos buenos costureros casi sin levantar cabeza para seguirle el ritmo. Esta máquina fue un gran avance para la época ya que, como era automóvil, bastaba engancharle un acopladito y transportar, con ella, a todo el personal y las herramientas. 


 También son recordadas las desgranadoras manuales. Su uso estaba destinado a desgranar las espigas que se destinaban a la alimentación de los animales mientras se esperaba la llegada de la desgranadora grande.

 Mientras bajaba el nivel de la troja y se desgranaban las espigas, había que estibar las bolsas con maíz. Esta bolsas, debidamente cerradas -las mejores eran de yute importado de la India- pesaban unos 80 kilos y se acumulaban en pleno campo abierto en las llamadas "estibas de campaña" que tenían forma piramidal. Esta manera de apilar las bolsas obedecía a una doble razón; por un lado facilitaba un más rápido escurrimiento del agua en caso de lluvias; por el otro facilitaba el control y la contabilización por parte de los propietarios del campo cuando el chacarero era arrendatario. En los casos de grandes propiedades se solía pactar el pago del arrendamiento en especie, consistente en el 33% de la cosecha embolsada. Estibado el grano, aparecía el representante de "la administración" que sellaba el porcentaje de bolsas que le correspondía al terrateniente con un sello con sus iniciales o su marca que se aplicaba con grasa negra o de carro. De esta manera quedaban identificadas las partes que se separaban adecuadamente al ser estibadas, luego, en los galpones del ferrocarril que las transportaría a su destino. 




 Circa 1935 - Chacra de Gavio. Juntadores de maíz en un campo de Santa Isabel.


 Circa 1938 - Chacra de Gavio. Cargando a una chata las bolsas con espigas de maíz dejadas en el campo por los juntadotes. Los más chicos disfrutan de la jornada.


 1933 - Desgranada de maíz accionada por un tractor en la chacra de la familia Carpi.
 
 
 
Circa 1935 - Chacra de Gavio. Descargando espigas de maíz desde una chata al carro para cargar la troja.










Basado en un texto de "Vida y Costumbres de la Pampa Gringa" de Héctor Marinucci - 1997
Colaboración: Norberto Dall'Occhio y Pedro Adamo Pellegrini.
Fotos: "Banco de Imágenes de Santa Isabel".


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domingo, 29 de diciembre de 2013

El indómito león Togo.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 84 - 27/11/07

 La llegada de un circo en el invierno de 1962 prometía cambiar el letargo del Santa Isabel de aquel tiempo, en el que los divertimientos eran escasos comparados con la actualidad. Por eso, esa noche del debut, el público casi que había cubierto las localidades de la modesta carpa que había sido instalada, como era habitual, en la esquina de Brasil y Mitre. Era en un descampado que alcanzaba a toda la manzana que completaban las calles Sarmiento y Corrientes, frente al terreno del ferrocarril que tenía un monte de eucaliptus.


 La publicidad había entusiasmado a la gente a llegarse a esa función inaugural. Una camioneta tirando un carromato jaula que exhibía un león en su interior había recorrido el pueblo mientras anunciaba el número más importante: "...¡No se pierda esta noche la presentación del indómito león Togo!!", decía el locutor.


 Todo transcurrió dentro de la normalidad en la primera parte de esa noche circense. Pasaron payasos, magos y equilibristas que hicieron reír y asombrar al público compuesto por personas de todas las edades. Hasta que llegó el momento esperado, el número con los leones.

 Los asistentes armaron en la pista una gran jaula con una manga enrejada a la cual atracaron un primer carromato. Abrieron la puerta y un león -posiblemente Togo- bajó del mismo y caminó sin problemas hasta el centro, en donde ya estaba esperándolo el domador. Después colocaron otro carromato y trataron de repetir la operación con un segundo animal. Pero éste estaba echado en el piso y sin intenciones de moverse. Para que se bajara, los asistentes golpearon los barrotes y el techo del aparato y lo azuzaron con un palo... pero nada, el león seguía en el piso. Por eso el domador salió de la jaula dejando solo al primer animal y fue a ayudar para lograr el cometido.

 Mientras estaban en esa faena, el león que aburrido daba algunas vueltas en la jaula de la pista, se metió en la manga rumbo al carromato. Ante esto, los asistentes cerraron la puerta impidiéndole el paso para que no suba al aparato, por lo que el animal, al querer volverse hacia la pista, como la manga era angosta, se paró sobre una reja que cedió un poco y dejó una abertura. La fiera aprovechó la ocasión, se coló a la parte trasera de la pista y comenzó a caminar hacia el público.

 Cuando la gente se percató de la situación, primero los más cercanos, comenzaron los gritos y las corridas hacia la salida. Los que estaban frente a la jaula y a la manga tardaron un poco en darse cuenta porque las rejas les daba una falsa sensación de seguridad. Igual todo el mundo salió de la carpa en medio de una batahola descomunal ganando la calle y corriendo en distintas direcciones, especialmente hacia el centro del pueblo o, algunos chicos, subiéndose a los árboles.

 El león, que parece que no era tan indómito, mientras todos corrían, salió muy tranquilamente por la parte de atrás de la carpa destinada al movimiento de los artistas, hacia el descampado, donde el personal del circo lo atrapó y lo volvió a poner en el carromato. Pero a esa altura de la circunstancia la gente ya había huido despavorida. La mayoría estaba, expectante, a 150 metros, en la esquina de Mitre y Santa Fe. Desde allí, después de un tiempo, escucharon al locutor que por los parlantes los llamaba: "Regresen, ¡la bestia ha sido capturada!", decía.

 Con un poco de recelo, el público fue regresando de a poco. Y antes de continuar con la función devolvieron las cosas que en el desorden de la estampida la gente había perdido: "¡Se ha encontrado un zapato marrón de dama!... "Acá hay un birrete de conscripto!...", "¿Quién es la dueña de esta cartera negra?!..."

 Después retornó el espectáculo. Finalmente actuó el león Togo, dieron una obra de teatro típica del circo criollo y finalizó aquella función que quedó grabada en la historia. 

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viernes, 27 de diciembre de 2013

El Rubio de la Galera.

Publicado en "Acercar a la Gente" Nº 67 - 05/05/06

 José Arredi, apodado el "Rubio de la Galera" fue, en los comienzos de nuestro pueblo, una figura muy conocida por el trabajo que realizaba. Como tantos otros de aquellos tiempos, su historia comienza en Europa, más precisamente en Novi Ligure, Italia, cuando nació en abril de 1879. Como tantos otros también, viajó solo a la Argentina en busca de nuevos horizontes. Luego de un largo viaje en un barco llamado "Reina Elena" llegó al país y se afincó en Villa Cañás, en 1904. 

Su cuñado, Juan Pisani tenía en ese entonces una galera con la que trasladaba correspondencia y pasajeros entre Carmen y Villa Cañás, pero para hacer más fácil el trayecto, para poder realizar el recambio de caballos y continuar el viaje, decidió alquilar una quinta, que muchas décadas después se la conoció como la quinta de Fabián, ahora en ruinas, ubicada sobre Avenida Santa Fe, detrás de la cancha del Club Belgrano.


 Arredi, por consejo de su cuñado fue a vivir a ese lugar y también compró una galera, más pequeña, con la que también transportaba correspondencia y pasajeros.

 Su nieta, Elba Fachini nos cuenta que esto ocurría cuando Santa Isabel recién había nacido, y que su abuelo comenzó a realizar estos viajes desde las estaciones de Chapuy y de Otto Bemberg (mucho después llamada Rastreador Fournier) a Santa Isabel, entregandole la correspondencia a quien ejercía de estafetero, el Sr. Rafael Di Giorno, y dejando los pasajeros en la fonda de Basignani que estaba situada en Santa Fe y Mitre, adonde ahora hay una carnicería. 

 Estos trayectos los hizo durante muchos años. Primero cuando se construía el ferrocarril, llevando y trayendo a la gente que trabajaba en la obra y luego a los pasajeros que llegaban a esas estaciones. Era un trabajo que le dejaba buenas ganancias.

 Tal vez por eso, una noche fue asaltado por la banda del Pibe Cabeza y, además de recibir un golpe en la nuca con la culata de un revólver, que lo llevó a consultar inmediatamente al médico del pueblo, también se hizo acreedor de amenazas de muerte para él y su familia si tenía la ocurrencia de realizar la denuncia policial.

 Después de esto, el Rubio de la Galera ya no quiso seguir con el negocio. Viajó un tiempo más acompañado por alguno de sus hijos y luego vendió el carruaje, allá por 1930, al Sr. Lori, quien siguió transportando la correspondencia de la localidad.

Foto ilustrativa.

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