
El cementerio en 1980.
Por Raúl. G. Pellegrini
El 1º de noviembre es el Día de Todos los Santos, una celebración cristiana que honra a todos los santos conocidos y anónimos, así como a quienes han alcanzado la vida eterna en la presencia de Dios. Es habitual acudir a los cementerios para llevar flores, velas y ofrendas en memoria de los seres queridos difuntos.
También esto sucede el 2 de noviembre ya que se conmemora el Día de los Fieles Difuntos (o Día de los Muertos), una fecha de tradición cristiana y sincrética para recordar, honrar y rezar por las personas fallecidas. Además, en Argentina es el Día de los Muertos por la Patria en el que se reconoce a los hombres y mujeres -tanto civiles como militares- que ofrendaron sus vidas en defensa de la nación, las guerras de la independencia, las Malvinas y actos de servicio.
En la zona central de Argentina, en las zonas rurales y los pueblos y ciudades se mantuvieron costumbres de carácter solemne ligadas a las tradiciones católicas que llegaron con la conquista y colonización española. Entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, se consolidó el hábito familiar de concurrir masivamente a los cementerios para limpiar las tumbas, rezar y homenajear a los difuntos, una tradición institucionalizada por la Iglesia y el Estado que decayó en las últimas décadas.
Fue tan popular y masiva la costumbre que el 2 de noviembre era feriado nacional asta que fue eliminado del calendario de festividades en junio de 1976.
Santa Isabel no fue la excepción aunque con sus particularidades. Muchos hemos sido testigos de esas actividades que en la actualidad asombran a las generaciones jóvenes tales como las que detallo a continuación desde mis experiencias entre la década de 1960 hasta finales de 1980 cuando comenzaron a decaer.
Con bastante anticipación muchas personas se llegaban al cementerio para acondicionar y limpiar las sepulturas: nichos, panteones, tumbas y nicheras entre otras. A los trabajos de albañilería o pintura los realizaban los hombres. Y una tarea que realizaban casi con exclusividad las mujeres era limpiar los bronces de las placas recordatorias, las manijas, los floreros, los mármoles y poner flores generalmente cultivadas en los jardines de cada hogar. A mí me gustaba observar la fila de nichos desde una punta para que estallaran ante mis ojos las líneas de colores que formaban las flores puestas frente a cada muerto. conejitos, rosas, jazmines y gladiolos eran comunes en las sepulturas.
La Comuna no era ajena al acontecimiento y también ponía especial atención al cementerio. El predio estaba impecable: pasto cortado, veredas reparadas, baldes en las bombas manuales para el agua, baños limpios, escaleritas repartidas en las zonas de nichos, troncos de los árboles encalados, etc.
El cementerio era otro. Tenía cipreses y otras variedades de pinos en su calle principal porque, fiel a una costumbre romana, se plantaban en esos lugares para matar los malos olores que pudieran esparcirse por el aire y para absorber los jugos de debajo de la tierra. A fines de los ’80 o principios de los ’90 fueron talados sin muchas explicaciones, al igual que la arboleda del terreno aledaño.
Para llegar al camposanto estaba el camino actual pero sin pavimentar. Mis recuerdos se remontan a una calle de tierra que comenzaba en la esquina de la escuela 179 hasta adonde había pavimento (José ingenieros y Sarmiento) coronada, en parte, por sauces que volcaban sus ramas verdes de la primavera en su plenitud. La ruta 94 no existía en ese tramo ya que atravesaba el pueblo por calle Santa Fe.
Era un verdadero gran acontecimiento para el que se solía estrenar ropa. Los alrededores del cementerio estaban llenos de vehículos y se congregaba un gentío.
El colectivo de Marcos Zanni, de color antióxido, tenía un recorrido pre establecido dentro del pueblo para cargar a la gente, llevarla al cementerio por aquella calle polvorienta y luego devolverla a sus respectivos barrios. Aún tengo grabada la imagen del colectivo y de las personas detrás de las ventanillas sosteniendo las flores para sus muertos queridos.
Además del cementerio del pueblo había quienes también visitaban los de otras localidades adonde se encontraban las sepulturas de ancestros y seres queridos.
En Santa Isabel el Día de los Muertos marcaba el comienzo de la temporada de helados. La heladería de Miculán y otras tenían un gran movimiento y siempre había algún heladero en el cementerio vendiendo los helados sándwich. Me contaron que en otros tiempos también había quioscos y hasta venta de choripanes en puestos armados en las calles frente al cementerio.
La gente grande recorría las sepulturas de sus seres queridos y frente a ellas se encontraba con parientes y amigos del finado. Había quienes elevaban alguna plegaria en voz alta o, mayormente, en silencio. Y se encontraban con parientes, amigos y conocidos y hablaban de las cosas cotidianas, de la vida.
Obviamente, los chicos nos aburríamos, así que jugábamos entre panteones y nicheras. Ya de más grandes recorríamos sepulturas, algunas curiosas, como aquella con escaloncitos que parecían llevar al cielo, o esas muy antiguas, con un enrejado simulando camas o cunas, o la de la columna quebrada, una vida tronchada. También recolectábamos y nos contábamos historias de los fallecidos.
No pisar el cementerio en ese día era un verdadero sacrilegio. Además no se podía escuchar música, en las radios solo había música sacra, como en Viernes Santo, cuyo propósito principal no es el entretenimiento, sino facilitar la oración, el recogimiento y la contemplación de lo divino.
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