Por Norberto Oscar Dall’Occhio
En los corsos que se desarrollaban en Santa Isabel en los finales de la década de 1930 y
principios de 1940 abundaba el juego con serpentinas y papel picado. Hay recuerdos de mucha gente sobre la abundancia
del uso de esos elementos compuestos de papel. En las calles, que eran de tierra, la gente
que iba en adornadas carrozas o que estaba sentadas en los coches que desfilaban, generalmente descapotados,
lanzaban serpentinas al público que
estaba de pie al costado de la acera o ubicadas en adornados palcos que preparaban los vecinos. Abundaba un amable y delicado intercambio
de serpentinas entre gente conocida. Ese entrecruzamiento de cintas suspendidas
en el aire, con el agregado de las numerosas luces que iluminaban la
calle, se convertía en un hermoso espectáculo mirándolo a la
distancia. El juego con papel picado resultaba más directo y a
menor distancia y generalmente
se tiraba sobre el cabello. Durante el corso el juego era de tal magnitud que tanto las calles como las veredas quedaban alfombradas con el tono multicolor de las serpentinas y del papel picado. Al día siguiente del corso los trabajadores contratados por la Comuna se veían obligados a utilizar horquillas y rastrillos para limpiar sos enormes colchones de
papeles esparcidos en las calles, amontonarlos y finalmente quemarlos. Con respecto al papel
picado también quedaban alfombradas las veredas. Los trabajadores las barrían, las recogían con una pala, las
colocaban en una carretilla, hacían una
especie de parva y luego les prendían fuego. Los juegos con papel fueron disminuyendo a
partir de la década de 1940 debido a la escasez de ese material con motivo de la Segunda Guerra Mundial.
También debemos mencionar los juegos con agua, que en muchos casos resultaban peligrosos
debido a los abusos de algunas personas
por la exageración o por violencia
con que los hacían. A fines de la década del '30 ocurrió un hecho censurable en el cual intervino la policía. En un corso que se
desarrollaba en la calle Belgrano al 1100, entre Mitre y Sarmiento, el señor Otamendi tenía una carnicería y para festejar el carnaval se le ocurrió utilizar la manguera que usaba para limpiar y baldear su
negocio, para lanzar agua a raudales
contra la gente que pasaba frente a su casa, en algunos casos “bañándola”
totalmente. La reacción del público fue
inmediata y el responsable terminó en la
comisaría. Durante el corso estaba
prohibida la utilización de baldes o jeringas. Sólo se permitía el uso
de lanza perfumes o
pomos. Cabe acotar que durante el
día, en las tres jornadas de
carnaval, chicos y jóvenes
solían jugar con agua en las calles del pueblo y a veces lo hacían
mediante la utilización de baldes, globos, jeringas, botellas o palanganas.
Los corsos se iniciaban alrededor de las 21:00 y duraban hasta las 24:00. El
comienzo y la culminación del corso
se hacía mediante el lanzamiento de bombas de estruendo. A su término se iniciaba el Baile de Carnaval con la
actuación de alguna orquesta de la zona, que tenía lugar generalmente en las instalaciones del Prado Español o en la Sociedad Italiana y se
extendía hasta las tres de la madrugada.
En
algunas ocasiones como cierre del carnaval se
armaba un enorme muñeco con trapos, cartones, arpilleras y maderas, en
homenaje al Rey Momo. El muñeco se
quemaba y sólo quedaban cenizas. Era el símbolo de que el carnaval y la fiesta habían culminado, con la esperanza de
que al año siguiente se repitieran los festejos y volvieran la alegría, los disfraces,
la sonoridad y las luces de los corsos y los bailes.
Los corsos generalmente se realizaban en las calle Mitre, San Martín,
General López o Belgrano, con un trayecto de dos cuadras.En
la parte intermedia del recorrido, en coincidencia con el cruce de calles, se instalaba el palco oficial. Desde allí el locutor animaba esta fiesta de color, donde solían
actuar poetas locales y músicos y cantantes del pueblo.
Entre los disfrazados abundaban los
“caballitos”, confeccionados con arpilleras que portaban un ancho rebenque del mismo material al que hacían sonar fuertemente contra el piso, lo que provocaba cierto temor en los niños.
Los disfrazados utilizaban antifaz o caretas
para ocultar su cara. Estaban controlados y registrados por la policía y
podían concurrir al baile.
Generalmente, los corsos y los bailes se realizaban a beneficio del Hospital Miguel Rueda.
En la década de 1940 y principios de 1950
también se destacaban los bailes de disfraz y fantasías organizados por el Club
General Belgrano. Resultaba una reunión muy divertida, con distintos y
llamativos disfraces, en la cual participaban los socios de la institución y
sus familias.
A
principios de la década de 1950
se habían suspendido los corsos por la falta de luz eléctrica en el pueblo. Frente a esta situación y como dato curioso, vale
recordar que a mediados de la década del '50
la Heladería Miculán organizó por
su cuenta un corso frente a su Bar y
Heladería en la calle Belgrano, que estaba al lado de la iglesia y pertenecía a la Sociedad Española. Para ello utilizó un generador de energía de su
propiedad iluminando con guirnaldas de luces una cuadra frente a la Plaza 9 de
Julio. La iniciativa tuvo gran éxito y se prolongó por varias jornadas de carnaval. En 1956, normalizado el
sistem eléctrico, se reiniciaron los corsos.
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